El heredero y su elección
El despacho de Damián Valdés, antes un búnker de ángulos rectos y sombras gélidas, se sentía ahora como un territorio neutral. Elena cruzó el umbral, sus pasos sobre el mármol carentes de la vacilación que la definía semanas atrás. Tras la destrucción física del contrato, el aire no pesaba con la amenaza de la ruina, sino con la electricidad de una tregua ganada a pulso.
Damián estaba frente al ventanal, observando la ciudad como un tablero de ajedrez conquistado. No se giró, pero la rigidez habitual en sus hombros se había disipado.
—Isabel ha aceptado el informe —dijo Elena, dejando el dossier de auditoría sobre la mesa de caoba—. Los activos están bajo control. La estructura de Julián ha sido desmantelada
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