El precio de la libertad
El despacho de Damián Valdés no era una oficina; era un búnker de cristal y acero donde el aire se sentía cargado de una electricidad estática que erizaba la piel. Las cenizas del contrato, dispersas en la bandeja de plata, eran el único rastro de la farsa que me había mantenido atada a él. Damián permanecía junto al ventanal, observando el horizonte de la ciudad con una rigidez que no era de cansancio, sino de cálculo.
—Has destruido el único mecanismo de seguridad que teníamos para controlar la narrativa —dijo sin girarse. Su voz era un golpe seco, desprovista de su frialdad habi
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