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Chapter 3: El precio de la reputación

Elena asiste a una gala benéfica bajo la estricta vigilancia de Julián. Allí, una antigua conocida de su hermana amenaza con exponer su identidad, pero Julián interviene con una frialdad protectora que reafirma su control. Tras el evento, Elena descubre que el contrato de fusión de Julián está vinculado al paradero de su hermana, revelando que ambos están atrapados en una red de secretos corporativos y personales.

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El precio de la reputación

El vestidor del penthouse de Julián Varga era una cámara de exhibición de cristal y acero. Elena Valdés se observaba en el espejo, sintiendo cómo el vestido de seda y encaje, una pieza de alta costura que le habían ajustado esa misma mañana, actuaba como un corsé que le impedía respirar con naturalidad. No era solo ropa; era el uniforme de una impostora.

—La espalda recta, Elena —la voz de Julián cortó el silencio. Estaba apoyado en el marco de la puerta, observándola no como a una mujer, sino como a un activo financiero a punto de ser presentado ante el mercado. Sus ojos fríos recorrieron el dobladillo, la caída de la tela sobre sus hombros, evaluando el impacto visual con una precisión matemática que le revolvió el estómago. No hubo halagos, solo una inspección técnica.

—Es una gala benéfica, no una subasta de ganado —respondió ella, forzando la voz a sonar firme, aunque sus dedos temblaban bajo las capas de tela.

Julián se acercó, invadiendo su espacio personal. Sus dedos, fríos y firmes, ajustaron el broche de diamantes en su cuello, un gesto que carecía de ternura y rebosaba posesión. —Para este mundo, eres mi esposa. Y mi esposa no tiembla ante la mirada de los buitres. Si fallas, la deuda no se perdonará, se ejecutará. ¿Entendido?

Elena se miró al espejo, reconociendo a una extraña poderosa, una máscara de serenidad tras la cual escondía el pánico. Comprendió que, para sobrevivir, debía actuar con la misma frialdad que su captor.

El salón de gala del Grand Hotel destilaba un lujo gélido. A su lado, Julián Varga era un ancla de acero. Su mano, firme en la parte baja de su espalda, no buscaba el afecto, sino el control absoluto sobre su activo más valioso.

—Recuerda —susurró él, un murmullo cortante—, cualquier titubeo es una grieta en los trescientos millones que he invertido en tu familia. Sonríe.

Elena apretó la mandíbula, obligando a sus labios a curvarse en una máscara de serenidad. Sin embargo, el destino tenía otros planes. Entre la multitud de rostros esculpidos por la ambición, una figura se separó del grupo: Victoria, la antigua confidente de su hermana, cuya mirada felina parecía atravesar el maquillaje de Elena.

—Elena Valdés —dijo Victoria, deteniéndose a escasos centímetros. Su sonrisa era un arma blanca—. Qué sorpresa verte aquí. Tu hermana siempre fue la que prefería los focos, ¿verdad? Me pregunto qué dirán todos cuando se enteren de que la novia perfecta ha cambiado de rostro a menos de veinticuatro horas de la boda.

El silencio que siguió fue absoluto. Elena sintió el peso de las miradas a su alrededor, el juicio silencioso de una élite que olía la sangre. Antes de que pudiera articular una palabra, Julián intervino. Su presencia se expandió, eclipsando a Victoria con una frialdad que hizo que la temperatura del salón pareciera desplomarse.

—Victoria —la voz de Julián fue un latigazo sutil—. El exceso de alcohol suele confundir la memoria. Elena es la única mujer que ha entrado en mi vida, y le sugiero que cuide sus palabras si desea seguir siendo invitada a mis eventos.

La humillación de Victoria fue instantánea y pública. Julián la ignoró después de esa única frase, alejándose con Elena en un movimiento fluido que reafirmó ante todos su elección.

Minutos después, en la privacidad del balcón, el aire era gélido.

—Has estado a punto de arruinarlo todo —dijo él, apoyándose en la barandilla—. Esa mujer conoce a tu hermana mejor de lo que tú conoces este contrato. Mi intervención no fue por caballerosidad, Elena. Fue una cuestión de supervivencia. Estoy siendo chantajeado. Alguien conoce el paradero de tu hermana, y si la verdad sobre su huida sale a la luz antes de que el contrato de fusión se selle mañana, mi imperio se desmorona.

Elena sintió que el suelo se movía bajo sus pies. No solo era una sustituta; era un escudo humano.

—¿Me estás usando para ganar tiempo? —preguntó ella, con la voz quebrada por la revelación.

—Te estoy usando para ganar la guerra —respondió Julián, acercándose tanto que ella pudo sentir el calor de su cuerpo—. Y mañana, cuando seas legalmente una Varga, no habrá marcha atrás para ninguno de los dos.

De regreso en el penthouse, el silencio en el estudio era una presencia física. Elena, con los dedos entumecidos por el miedo, repasó los documentos de la fusión que Julián había dejado sobre el escritorio. Fue entonces cuando lo vio: entre los anexos financieros, una nota al margen escrita en la caligrafía de su hermana estaba grapada a un contrato de confidencialidad que vinculaba los activos de la empresa de Julián con una propiedad en el extranjero. Era el refugio secreto de su hermana. La empresa de Julián no solo financiaba su vida; la utilizaba como garantía colateral en una operación que destruiría el imperio Varga si se descubría.

La puerta del estudio se abrió con un chasquido metálico. Julián entró, encontrándola con los documentos en la mano. Su mirada no mostró ira, sino una intensidad peligrosa que sugería que él sabía exactamente lo que ella acababa de descubrir.

—La boda de mañana —dijo él, acercándose lentamente— no es solo un contrato de negocios, Elena. Es la única trampa de la que ninguno de los dos podrá salir sin destruir al otro.

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