Desayuno sobre cristal
El mármol de la mesa del comedor era una superficie gélida, un bloque sólido de frialdad que parecía absorber el calor de la estancia. Elena Valdés mantenía la espalda recta, obligándose a no mirar hacia el ventanal que dominaba el skyline de la ciudad. Sabía que, allá abajo, ocultos entre el caos del tráfico matutino, los teleobjetivos de los paparazzi aguardaban cualquier señal de fisura en la fachada de los Varga.
Frente a ella, Julián Varga ni siquiera fingía desayunar. Sus dedos, largos y precisos, apenas rozaban el borde de su propia taza de porcelana mientras sus ojos, gélidos y analíticos, escaneaban cada uno de sus movimientos. No era una mirada de marido, sino de auditor inspeccionando un activo defectuoso.
—Tu hermana solía endulzar el café con tres terrones —dijo él, rompiendo el silencio con una voz que cortaba como el acero—. Tú ni siquiera has tocado el azúcar. ¿Es un descuido o simplemente no te importa mantener la coherencia?
Elena dejó la cucharilla sobre el plato con un tintineo que resonó demasiado fuerte en la estancia inmaculada. La deuda de trescientos millones de dólares pesaba en su pecho como un bloque de plomo, una realidad que la obligaba a tragar saliva y sostenerle la mirada.
—Las preferencias cambian, Julián. Especialmente bajo presión —respondió ella, intentando que su voz sonara firme.
Un destello repentino desde el edificio contiguo, apenas visible a través del cristal reforzado, hizo que Julián se pusiera en pie con una fluidez depredadora. Antes de que Elena pudiera reaccionar, él rodeó la mesa y se colocó detrás de ella. Su mano, firme y posesiva, se cerró sobre su cintura, obligándola a levantarse. El contacto fue una descarga eléctrica, una cadena invisible que le recordaba quién era el dueño de su libertad.
—Quédate quieta —ordenó Julián, su voz bajando a un susurro peligroso contra su oído—. Están buscando una grieta. Si quieren ver una pareja enamorada, les daremos un espectáculo que no podrán olvidar.
Julián se inclinó sobre ella, bloqueando la vista de los francotiradores de la lente con la amplitud de sus hombros. Su cuerpo era un escudo, pero Elena entendió la amarga verdad: él no la protegía a ella, sino a la reputación de su imperio. La proximidad era una herramienta de poder, un recordatorio de que cada centímetro de su espacio personal estaba bajo contrato.
Minutos después, en el despacho privado, la atmósfera se volvió aún más asfixiante. Julián lanzó una carpeta sobre el escritorio de caoba.
—He revisado los estados financieros de tu familia. Es un desastre técnico, una negligencia que roza lo criminal —dijo, sin apartar los ojos de los suyos—. He cubierto la primera cuota de la deuda para evitar que los acreedores toquen la puerta de este penthouse. Pero cada favor tiene un precio, Elena. Y el tuyo acaba de subir.
Elena sintió que el suelo se tambaleaba. La deuda no era solo dinero; era la soga que le apretaba el cuello.
—¿Qué quieres? —preguntó ella, tratando de ignorar el temblor en sus dedos.
—Quiero que dejes de actuar como una víctima —respondió él, acercándose tanto que ella pudo notar el aroma de su perfume, una mezcla de sándalo y autoridad—. Quiero una esposa que sepa jugar en las grandes ligas. La boda es mañana, y no permitiré errores.
De vuelta en el comedor, el silencio regresó, más pesado y letal que antes. La tensión alcanzó un punto de quiebre cuando Julián, tras observarla en silencio durante largos segundos, dejó a un lado sus pretensiones de cortesía corporativa. Se inclinó hacia adelante, rompiendo la última barrera de espacio entre ellos, y clavó sus ojos en los de ella con una intensidad que parecía querer diseccionar su alma.
—Tu hermana era predecible en su caos —murmuró él, con una frialdad que le heló la sangre—. Tú, en cambio, escondes algo mucho más peligroso. Dime, Elena... ¿cuánto tiempo crees que podrás mantener esta mentira antes de que todo se derrumbe?