La sombra del supervisor
El cráter aún ardía cuando el Centinela hincó la rodilla en el suelo negro. Integridad: 40,7 %. El núcleo violeta latía descontrolado, cada pulso enviaba descargas que le quemaban la nuca a Kael. Dentro de la cabina, su mano derecha temblaba sobre los mandos. En las pantallas de toda la Torre, el golpe final se repetía: la Lanza de Ébano ejecutada con precisión letal, un movimiento que solo Valeria dominaba. El ranking parpadeó en neón rojo. +7 posiciones. Kael V-19. Posición: 384.
La voz del Supervisor cortó el ruido de la arena como un filo.
—Felicidades, escalador V-19. Has superado las proyecciones en un 847 %. Impresionante. —El rostro apareció en todas las transmisiones, sereno, casi compasivo—. También ilegal.
Kael tragó saliva. El sudor le corría por la columna. No contestó.
—Te ofrezco una salida digna —prosiguió el Supervisor, tono medido para que llegara a cada nivel—. Entrega el módulo anómalo. Firma el 77-B de decomiso voluntario. Tu deuda familiar se congela tres ciclos y tu nombre desaparece de las listas negras. Recházalo… —dejó que el silencio cayera como peso muerto— y mañana, a esta misma hora, tu madre y tus hermanos verán en directo cómo desguazamos tu Centinela contigo dentro.
La imagen de su madre contando monedas bajo la luz amarilla del nivel -14 le atravesó el pecho. Kael apretó los dientes hasta sentir gusto a sangre.
Abrió el canal público.
—No hay módulo —dijo, voz ronca, sin temblar—. Solo un chatarrero que humilló a cuatro élites con un chasis al 40 %. Si quieres el Centinela, ven a buscarlo tú mismo. Ya no es chatarra.
El Supervisor sonrió. La sonrisa no tocó sus ojos.
—Auditoría forzosa en treinta minutos. No te muevas del taller.
La transmisión se cortó. El ranking subió a 381.
Kael apenas había sellado la compuerta oxidada cuando las luces rojas barrieron el taller. Cuatro guardias de secta flanqueaban la entrada. Detrás, el Supervisor avanzaba sin prisa, abrigo negro tragándose la luz sucia de los neones.
—Treinta y nueve segundos tarde —dijo sin alzar la voz—. Eso ya es resistencia.
Kael mantuvo las manos abiertas. El Centinela humeaba a tres metros, integridad 41,4 %, escudo izquierdo un boquete negro que parecía devorar el metal.
—No me resisto. Solo llego.
El Supervisor hizo un gesto mínimo. Dos técnicos conectaron sondas al cuello del mech. Cada pinza resonó como sentencia.
—Protocolo 19-B. Escaneo completo. Prioridad: firmas energéticas no autorizadas.
Kael sintió el código prototipo zumbar en su cráneo, frío y vivo. En los últimos minutos había envuelto los logs de combate en una capa de ruido estadístico: fallos aleatorios, sensores quemados, ecos del piso 7. Nada legible. Nada que delatara el núcleo violeta.
El Supervisor se detuvo frente al panel principal, dedos entrelazados.
—Curioso. Tu núcleo violeta registra picos de 847 % sobre la curva de un chasis bajo. Y sin embargo… ningún hardware modificado visible. —Giró la cabeza apenas—. Explícate, V-19.
—Suerte —respondió Kael—. Y mucha rabia guardada.
Uno de los técnicos frunció el ceño.
—Señor, la sonda principal está atrapada en bucle. El escudo izquierdo genera ruido coherente. No pasa del subsistema 4 sin reinicio físico.
Kael había redirigido la lectura profunda hacia el boquete del escudo sacrificado. Cada intento devolvía solo metal fundido y sobrecarga térmica. Ruido legítimo.
El Supervisor entrecerró los ojos.
—Suficiente. Inmovilización temporal del chasis. Cualquier movimiento sin autorización será sabotaje estructural. —Miró a Kael—. Y tú… mantén las manos donde las vea. La próxima vez no vendré con sondas.
Las luces rojas se apagaron. El taller quedó en penumbra. El cronómetro de inmovilización marcaba 7:12… 7:11…
Kael se dejó caer contra el costado caliente del Centinela. El código seguía trabajando, oculto, devorando datos para sobrevivir al próximo piso.
Un pitido seco. Canal cifrado. Prioridad Alfa. V-17.
Aceptó.
La holografía de Valeria se materializó, brazos cruzados, expresión tallada en acero.
—Siete puestos en treinta y nueve segundos. Hasta el Supervisor se quedó mudo cuatro latidos enteros.
Kael guardó silencio.
—Te ofrezco una salida real —dijo ella más bajo—. Piezas grado militar. Actuadores de 0,7 milisegundos, placas de adamantio 9, núcleo térmico limpio. Llevas el Centinela al 58 % antes del duelo de exhibición. A cambio, solo los últimos tres minutos de logs. Nada del módulo. Solo el patrón que me copiaste.
Kael la miró a los ojos holográficos.
—No vendo mi sangre. Ya te lo dije.
Valeria inclinó la cabeza.
—Entonces muere con dignidad. Pero antes de que te desguacen en vivo, recuerda a tu madre. Tres ciclos de deuda congelada no son poca cosa.
El golpe le dio justo debajo de las costillas. Ella sabía dónde dolía.
—Te doy el patrón público —cedió Kael al fin—. El que ya repiten todas las pantallas. Nada más.
Valeria guardó silencio un segundo de más.
—Trato. Las piezas llegan en el próximo relevo. Sin firma. —Hizo una pausa letal—. Y Kael… si vuelves a amenazarme con el fallo de mi clase S, publico el vídeo de tu madre contando monedas en el -14. No es amenaza. Es promesa.
La conexión se cortó.
Minutos después, un compartimento oculto en el piso del taller se abrió con un chasquido. Actuador de hombro reforzado. Dos placas de aleación militar. Núcleo de compensación térmica. Todo sin número de serie.
Kael no perdió tiempo. Golpeó el panel secundario, sacó las piezas y las atornilló con fuerza bruta. Integridad: 41,9 %. Conectó el núcleo térmico en paralelo al bypass. Chisporroteo azul. La alerta de sobrecalentamiento bajó de CRÍTICO a ALTO. 42,7 %. El escudo derecho parpadeó y se estabilizó en ámbar. 43,2 %.
No era elegante. No era legal. Pero era medible.
El cronómetro de inmovilización marcaba 4:51.
Kael subió a la cabina. Secuencia de arranque rápido. El Centinela rugió, más profundo, más vivo.
La voz del Supervisor irrumpió por emergencia.
—Integridad fuera de norma. Centinela V-19, detente o se activa decomiso en vivo.
Kael ignoró la orden. Propulsores de emergencia. La compuerta al piso 8 se abrió con estruendo metálico.
Cruzó.
En todas las pantallas de la Torre, el Supervisor reapareció sin rastro de sonrisa.
—Ríndete ahora, chatarrero —dijo, voz amplificada hasta el último nivel—. O mañana tu madre verá cómo desmantelamos tu Centinela pieza por pieza, en directo, mientras sigues conectado. Elige.
Kael no respondió.
Solo aceleró hacia la zona de guerra quemada del piso 8.
El ranking actualizó: 377.
Y muy abajo, en el nivel -14, una mujer levantó la vista hacia la pantalla comunitaria y susurró el nombre de su hijo.