Metal oxidado, ambición de acero
El soldador escupió chispas azules contra el conducto terciario. Kael apretó los dientes mientras el ozono le quemaba la garganta. Integridad estructural: 42 %. Margen térmico: 4,7 %. Tiempo hasta la apertura forzada del piso 7: 47 minutos. Cada segundo que el núcleo violeta latía era un segundo que el chasis se comía vivo.
El Técnico Auxiliar le pasó el siguiente tramo de tubería reciclada sin mirarlo a los ojos. Kael lo encajó con un golpe seco. El metal protestó con un chasquido húmedo.
—Se lo está tragando más rápido de lo que soldamos —susurró el chico.
—Por eso lo obligo a respirar de otra forma.
Kael golpeó dos veces el panel lateral. El casco del Centinela se abrió con un suspiro hidráulico. El corazón violeta palpitaba irregular, un pulso prohibido que ningún modelo autorizado debía tener. Insertó el bypass improvisado, cortado de un disipador de tercera. El núcleo respondió con un gemido grave, casi animal. La pantalla auxiliar parpadeó:
Carga térmica proyectada: +7,2 %. Integridad estimada tras bypass: 38 %. Escudo secundario izquierdo: OFFLINE forzado.
Había cambiado blindaje por tiempo. Si algo le pegaba en el flanco izquierdo ahora, el Centinela se abriría como lata de conserva. Pero al menos no se cocinaría vivo antes de cruzar la compuerta. Una victoria de tres décimas de segundo. Suficiente para seguir vivo.
El monitor del taller actualizó el estado: 38 % de integridad, margen térmico apenas aceptable. Una alerta sonora cortó el aire:
«Tiempo restante para cruce obligatorio: 41 minutos. Piloto Kael V-19, preséntese en corredor de acceso nivel 6-B. Incumplimiento = decomiso inmediato.»
Las puertas del taller se abrieron de golpe.
Valeria entró como si el lugar le perteneciera, flanqueada por dos guardaespaldas de armadura obsidiana. Las insignias de Secta Vanguardia brillaban bajo las luces sucias del sector bajo. No llevaba casco. Quería que él viera su rostro: desprecio y algo más afilado debajo.
—Sigues respirando —dijo, deteniéndose a tres pasos del mech—. Eso ya es insolencia.
Kael dejó el soldador sobre la mesa con un golpe metálico y se limpió las manos en el trapo negro sin levantarse.
—El Supervisor pensó lo mismo. Se equivocó dos veces ya.
Valeria recorrió con la mirada las cicatrices frescas del blindaje. Sus labios se apretaron en una línea calculadora.
—Te sobran once puestos en el ranking para estar soldando chatarra con las manos. Y sin embargo… esto no aguantará ni el ascenso, mucho menos lo que hay al otro lado.
Kael señaló el núcleo violeta con la barbilla.
—¿Viniste a darme el pésame o a cobrarte la advertencia que te di sobre tu Vanguardia?
Ella sonrió, delgada como navaja.
—Negocio. Refrigerante militar grado A, repuestos certificados y que el Supervisor mire para otro lado durante una inspección. A cambio, los logs completos de combate del Centinela. Todo. Especialmente cómo ese núcleo hace lo imposible.
El pulso de Kael golpeó fuerte en las sienes. Ella sabía lo suficiente para destruirlo.
—¿Y si digo que no?
—Entonces el Supervisor termina lo que empezó. Ya tiene causa para decomiso por “anomalía estructural no autorizada”. Tu chatarra se convierte en chatarra oficial antes de que termine la hora.
Kael miró el Centinela, luego a ella. Bajó la voz hasta que solo ella pudiera oírlo.
—Sabes que detecté el fallo en tu clase S, ¿verdad? Actuador terciario del hombro derecho. Tres grados de desalineación. En combate prolongado se va a partir y te dejará el flanco abierto como una herida. Podría haberlo callado. No lo hice.
Valeria se puso rígida. Los guardaespaldas dieron un paso. Ella los detuvo con un gesto mínimo.
—Precisamente por eso vengo a ofrecerte esto. Aliados que se entienden duran más que patrocinadores que te exprimen.
Kael negó con la cabeza, lento y definitivo.
—No vendo mi única ventaja. Ni mis datos. Ni mi mech. Si quieres seguridad, arréglate el hombro tú misma antes de que te cueste la vida.
El taller quedó en silencio absoluto. Valeria soltó una risa corta, seca, sin una gota de humor.
—Eres más orgulloso que estúpido. O al revés. —Se giró para marcharse, pero dejó caer intencionalmente una caja metálica a sus pies. El golpe resonó como sentencia—. Refrigerante grado A. Úsalo o muere. Considéralo una deuda pendiente.
Las puertas se cerraron tras ella.
Kael abrió la caja. El líquido azul brilló bajo la luz mortecina. No era caridad. Era un anzuelo con gancho. Pero también eran ocho grados de margen térmico que el Centinela necesitaba para no fundirse en el corredor.
Conectó el inyector sin perder un segundo. El sistema absorbió el refrigerante con un susurro voraz. La temperatura del núcleo cayó ocho grados en diez segundos. Integridad estabilizada: 41,8 %. El chasis ganó un aliento que antes no tenía.
El contador holográfico sobre la compuerta seguía bajando: 00:47… 00:46… 00:45.
Kael trepó a la cabina. El Centinela se puso en movimiento con un gemido que ya no era pura agonía. Avanzó por el corredor de acceso mientras luces rojas estroboscópicas pintaban las paredes como venas enfermas. Cámaras giraban en sus rieles, transmitiendo cada paso a toda la Torre. Kael sentía el peso de miles de ojos: apuestas cambiando, insultos volando, y unos pocos que todavía apostaban por el chatarrero que se negaba a morir.
—Integridad por debajo del 42 % —tronó la voz del Supervisor desde los altavoces, serena y quirúrgica—. Cualquier cruce con parámetros fuera de norma será considerado sabotaje estructural. El piloto responderá civil y penalmente. La unidad será decomisada de inmediato.
Kael apretó los mandos hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Sabotaje estructural. La trampa perfecta: si fallaba, no sería culpa del sistema, sería culpa suya.
00:03… 00:02… 00:01.
Cruzó la línea de acceso exactamente cuando el contador llegó a cero.
La compuerta se abrió con un rugido hidráulico que sacudió el chasis.
Del otro lado: un paisaje de guerra quemada, cráteres humeantes, restos de mechs destrozados y una neblina espesa que olía a cordita y metal caliente. El cronómetro del siguiente piso apareció en la HUD:
00:00.
Puerta sellada detrás. Camino adelante: desconocido.
Y en algún lugar de la transmisión pública, el Supervisor sonrió.
Porque el juego apenas empezaba.