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Chapter 7: Chapter 7

Julián enfrenta la ira de los vecinos del Sector 9 tras el corte de energía impuesto por Silas. Logra una tregua precaria revelando una parte de la verdad sobre el módulo, pero al estabilizar el Caminante-04, agota la energía del sector, dejando a su comunidad en la oscuridad total. En el Campo de Pruebas, Julián fusiona tecnología antigua con su módulo prohibido, transformando el mech en una máquina de combate avanzada que humilla a los centinelas de Silas, forzando al Comandante a ver que su 'anomalía' es ahora una amenaza real.

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Chapter 7

Las luces de neón del Sector 9 estaban muertas. No parpadeaban ni zumbaban; solo proyectaban una oscuridad densa sobre la chatarra oxidada, un sudario eléctrico que asfixiaba el pasillo principal. Julián Varga caminaba con la capucha calada, sintiendo el peso del Caminante-04 latir en sus músculos como una fiebre. Veinticuatro horas. Ese era el tiempo que le quedaba antes de que los centinelas de Silas desguazaran el núcleo de su mech y, con él, la única llave que poseía para ascender. Pero el Sector 9 ya le había pasado la factura.

Al doblar la esquina hacia su taller, el paso le fue bloqueado. Una docena de vecinos, rostros que alguna vez le ofrecieron una pieza o un saludo, sostenían tubos de refuerzo y llaves de impacto. Doña Clara, cuya tienda de sopa de algas dependía del flujo eléctrico que ahora estaba cortado, dio un paso al frente. Su mirada no era de odio, sino de un hambre más profunda.

—Trajiste la muerte a casa, Varga —dijo ella, con la voz quebrada por el frío—. Silas cortó la red por tu culpa. Mis hijos no han comido caliente en dos días. ¿Tu victoria vale el hambre de todo el Sector?

Julián se detuvo. No bajó la cabeza. Sabía que la lógica del Gremio era infectar a la comunidad con el resentimiento para que el individuo se quebrara solo.

—No soy yo quien corta la energía —respondió, su voz firme como el acero del chasis—. Es Silas. Porque gané donde se suponía que debía perder. Si me entrego, el Sector no recuperará su luz; solo habrán eliminado a la única persona que puede forzar a la Torre a devolverles lo que les pertenece.

El silencio que siguió fue tenso, cargado con la presión de mil vidas al límite. Julián no buscó violencia. Deslizó su terminal y proyectó un destello azul, una fracción minúscula de los datos del nivel superior que el Caminante-04 albergaba. Fue solo un segundo, una prueba de que él no era un chatarrero, sino un escalador con una ventaja real. La turba retrocedió, confundida por la luz antinatural. Les dio una tregua, un respiro basado en la promesa de un futuro que no fuera chatarra, y se abrió paso hacia el taller.

Valeria lo esperaba entre cables desnudos y el olor a ozono. Los drones de vigilancia de Silas zumbaban sobre el techo, delgados y negros, marcas de una auditoría que no buscaba la verdad, sino la ejecución técnica.

—Se acabó el tiempo, Julián —dijo ella, sin dejar de soldar—. Silas ha acelerado el cronograma del duelo definitivo. Los drones no están aquí para vigilar; están aquí para medir el momento exacto en que tu núcleo colapse por la sobrecarga.

Julián se lanzó sobre el Caminante-04. El mech era un desastre de metal marcado, con el hombro izquierdo gimiendo en cada pulso de energía. Cada vatio que desviaba hacia los circuitos del Caminante era un vatio menos para el soporte vital del sector. Era una auditoría de sangre: cada gramo de potencia era un sacrificio directo de su propia gente.

—No puede colapsar —gruñó Julián, sus manos moviéndose con una precisión frenética—. El módulo no es solo una llave, Valeria. Es un parásito técnico. Se está alimentando de la infraestructura del sector para reconstruirse.

Al activar el nodo central, el Caminante-04 no encendió sus luces habituales. Una luz azul, fría y violenta, brotó de sus articulaciones, drenando la red pública del sector en un instante. Las luces de los pasillos murieron por completo, dejando el taller sumido en una oscuridad total, rota solo por el pulso rítmico del mech. El costo fue inmediato: el grito de la comunidad afuera fue reemplazado por un silencio sepulcral. Había dejado al Sector 9 en la penumbra absoluta para alimentar su ascenso.

—Ya no hay vuelta atrás —susurró Valeria, con los ojos fijos en la lectura de energía que se disparaba hacia números imposibles.

La convocatoria llegó minutos después. El Campo de Pruebas era una tumba de metal. Silas, desde su torre de mando, observaba con desprecio. Tres centinelas de élite, blindados con placas reactivas, avanzaron hacia el Caminante-04. Julián no esperó. Mientras los centinelas iniciaban su secuencia de desmantelamiento, él fusionó una pieza antigua, un resto de tecnología de los primeros escaladores, con el núcleo del módulo.

El Caminante-04 rugió. No fue un sonido mecánico, sino un lamento de metal antiguo que hizo vibrar los cimientos del Campo de Pruebas. El chasis comenzó a reconfigurarse, las placas de blindaje se desplazaron y el mech creció, transformándose en una forma letal y agresiva que Silas no pudo prever. Julián se alzó sobre los restos de los centinelas, su máquina brillando con una configuración prohibida que dejó a la élite en silencio. Había ganado, pero el precio era claro: ahora, para el sistema, ya no era un error. Era una amenaza que debía ser purgada antes del amanecer.

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