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Chapter 12: Más allá de la cima

Mateo y Valeria logran cruzar la compuerta del nivel 50 justo cuando la Torre entra en purga total, desconectando los niveles inferiores. Al salir al exterior, descubren que la ciudad-Torre es solo una de muchas estructuras de pruebas en un vasto desierto, revelando que el ascenso era un filtro para un juego de poder mayor.

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Más allá de la cima

El contador en el visor de Mateo marcaba 00:05:47. Tejido viable. Cinco minutos antes de que su sistema nervioso, sobrecargado por la resonancia del módulo azul, colapsara por completo. El Perro de Hierro se arrastraba por la plataforma del nivel 50, una carcasa de metal retorcido que apenas conservaba la cohesión. Cada paso era una sentencia de muerte; el actuador hidráulico izquierdo colgaba como un tendón seccionado, dejando un rastro de chispas y fluido vital sobre la aleación pulida de la Torre.

—¡Eyéctate, Mateo! —la voz de Valeria, filtrada por el comunicador, sonaba como un cristal rompiéndose—. El chasis no va a llegar. ¡No te sacrifiques por un montón de chatarra!

Mateo no respondió. El sabor a cobre en su boca era una constante, un recordatorio de que estaba pagando el ascenso con su propia vida. Delante, la compuerta anómala aguardaba, una cicatriz en el diseño industrial de la Torre que palpitaba al ritmo del núcleo azul incrustado en el pecho del mech. Tres drones Centinela clase Épsilon descendieron desde la cúpula, sus alas de plasma desplegándose con un zumbido letal. El primer disparo de energía vaporizó el brazo derecho del Perro de Hierro. Mateo sintió el impacto en sus propios huesos, un calor punzante que le recorrió el hombro hasta el corazón.

—Cuatro minutos —murmuró. Valeria saltó del mech, rodando sobre el metal frío y disparando su pistola de pulsos contra el sensor de un Centinela. El dron se tambaleó, pero no cayó. Mateo, con el último aliento del Perro, embistió la compuerta. El impacto fue brutal. El metal del chasis se fundió con el marco de la compuerta en un destello de luz cobalto que cegó los sensores de los drones. Era el punto de no retorno.

El contador marcaba 00:00:58. Mateo se desabrochó el arnés, el movimiento le dislocó el hombro, pero el dolor era un lujo que no podía permitirse. Valeria, usando su propio exotraje para mantener la esclusa abierta, gritaba órdenes que el sistema de purga de la Torre devoraba con un aullido ensordecedor. La advertencia sistémica recorrió todas las pantallas: DESCONEXIÓN TOTAL – NIVELES 1 A 49 – PROTOCOLO EPSILON ACTIVADO. Millones de vidas abajo quedaron en silencio, sin oxígeno, sin luz, sin futuro. Mateo ignoró el colapso de su mundo. Metió los dedos en la unión del módulo y la compuerta. La piel le chisporroteó al contacto. El olor a carne quemada se mezcló con el ozono. Tiró con toda la fuerza que le quedaba, un grito ahogado escapando de su garganta mientras el módulo, fundido, se resistía como si quisiera arrastrarlo hacia adentro. Con un último tirón, el núcleo cedió. La compuerta se agrietó.

Un viento seco y abrasador irrumpió desde el otro lado, cargado de arena y una luz que no provenía de neones. Mateo y Valeria cruzaron el umbral justo antes de que el cierre hermético sellara la Torre por completo. Cayeron sobre un suelo de piedra caliza, el silencio exterior golpeándolos con más fuerza que la batalla. Frente a ellos, el desierto se extendía hasta donde alcanzaba la vista. No era un cielo artificial; era una inmensidad azul, inalcanzable y aterradora. A lo lejos, las siluetas de otras torres se recortaban contra el horizonte, todas idénticas, todas conectadas por cables de transmisión que vibraban como telarañas hacia el vacío.

—Todo era una mentira —susurró Valeria, aferrándose al chip con las pruebas del asesinato de su padre—. No era una ciudad. Era una batería. Un campo de pruebas para ver cuánto podíamos escalar antes de morir.

Mateo, con las manos destrozadas y el núcleo azul, ahora inerte, apretado contra su pecho, se puso en pie con la ayuda de Valeria. Miró la Torre que acababan de abandonar, ahora una tumba de metal para miles de almas, y luego miró hacia la siguiente torre en el horizonte. La deuda familiar, la persecución de la Academia, el hambre de los niveles bajos... todo parecía pequeño frente a la escala de la jaula en la que habían vivido. Si la ciudad era el corral, ahora ellos eran los que estaban afuera. Mateo apretó los dientes, sintiendo la sangre seca en sus labios. El juego no había terminado; apenas acababa de revelar su tablero real.

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