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Chapter 12: Un nuevo escalón

Mateo destruye el motor de la Torre, colapsando el sistema de rangos de la Academia. Mientras la ciudad enfrenta el vacío de poder, Mateo y Valeria descubren que la caída del reactor ha atraído una amenaza externa, revelando que la Torre era solo un filtro de entrada a un mundo mucho más vasto.

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Un nuevo escalón

El zumbido que había definido la existencia de Mateo desde que tuvo uso de razón se detuvo. No fue un apagado gradual; fue una amputación. El reactor de la Torre, el latido metálico que succionaba la sangre y el esfuerzo de miles, murió con un gemido agónico de metal retorcido y estática. El silencio que siguió fue tan denso que la presión en los oídos de Mateo se volvió insoportable. Su Mech, una carcasa de chatarra que apenas mantenía la forma gracias al módulo experimental, se desplomó contra la pared del núcleo. El sistema nervioso de Mateo, todavía conectado a la red, recibió el eco del colapso: una descarga de retroalimentación que lo dejó sin aliento, con los ojos inyectados en sangre y las manos temblando sobre los controles muertos.

—¿Mateo? —La voz de Valeria llegó a través del intercomunicador, filtrada por el caos de las alarmas de emergencia. Él intentó responder, pero solo pudo escupir una mezcla de bilis y aceite. El dolor en su columna era una quemadura constante, un recordatorio de que el módulo no solo había hackeado la Torre, sino que se había integrado en su propia médula. Frente a él, los monitores de estado de la Academia, que antes dictaban el valor de cada ciudadano, ahora parpadeaban con un mensaje en bucle: SISTEMA DESCONECTADO. RANGO CERO.

Valeria apareció entre las sombras del núcleo. Su uniforme de élite estaba rasgado, pero sus ojos, antes fríos y calculadores, ahora reflejaban una incertidumbre absoluta. Sin dudarlo, se acercó al panel de soporte vital del Mech y redirigió la energía residual de la red hacia el sistema de Mateo. Fue un acto de traición institucional, pero un salvavidas necesario. —No te mueras ahora, desguazador —murmuró ella—. Si haces esto, tienes que estar vivo para ver el vacío que dejamos.

Afuera, la guardia de la Academia vacilaba. Sus pantallas de lealtad, que hace minutos brillaban con el emblema de Varga, ahora parpadeaban en un rojo errático. Mateo, encastrado en los restos de su Mech, sintió cómo el dolor neuronal de la desconexión le punzaba el cráneo. Su marco, un amasijo de cables expuestos y aleación fundida, apenas alcanzaba el cuarenta por ciento de integridad. Cuando los últimos leales de Varga cargaron sus sistemas de armas, Mateo no esperó. Inyectó el último residuo de energía del módulo experimental, un pulso de sobrecarga que sintió como una quemadura en su propia médula espinal. El aire se ionizó. Con un movimiento seco, desactivó los sistemas de armas de los guardias, convirtiendo sus Mechs en simples carcasas de metal inútil. Los oficiales, al ver sus rangos disolverse en las pantallas de la ciudad, bajaron sus armas. La evidencia era irrefutable: el sistema de rangos había muerto.

Al emerger a la Plaza Central, la ciudad era un caos de libertad. Las pantallas gigantes, antes dedicadas a proyectar el ranking de los escaladores como una sentencia de muerte, mostraban ahora estática gris. Mateo descendió de su Mech, el metal crujiendo al tocar el suelo. A su alrededor, la multitud se agolpaba, esperando un nuevo mesías. Un joven intentó entregarle un estandarte, buscando un símbolo para reemplazar a la Academia, pero Mateo lo rechazó con un gesto seco.

—No soy un salvador —dijo Mateo, con la voz rasposa pero firme—. La Torre no era un logro. Era una jaula diseñada para drenar nuestra energía. No hay nada que liderar aquí, solo hay que empezar a construir afuera.

Valeria, observándolo desde las sombras de su propia armadura, finalmente bajó la guardia. Había pasado toda su vida buscando la cima de una montaña falsa, y ahora, al ver a Mateo rechazar el trono, comprendió que la libertad era una moneda que no sabía cómo gastar. —El reactor está muerto, Mateo —dijo ella, acercándose mientras sostenía un escáner de campo que emitía un pitido errático—. Pero los sensores de largo alcance detectaron una señal. No viene de la Torre, sino de la frontera exterior. Algo se ha despertado al sentir la caída del sistema.

Mateo sintió un espasmo de dolor en su columna, donde el módulo aún latía al ritmo de su corazón. Miró hacia el horizonte, más allá de los límites de la ciudad, donde la oscuridad de la zona prohibida empezaba a parpadear con luces mecánicas desconocidas. La Torre no era el límite; era solo el filtro de entrada. Mateo ajustó los controles de su Mech, sintiendo cómo el módulo se fusionaba más profundamente con sus nervios, preparándolo para el verdadero ascenso. La guerra por el rango había terminado, pero la lucha por la supervivencia apenas comenzaba.

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