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Chapter 11: La caída de Varga

Mateo confronta a Varga en el núcleo de la Torre mientras la transmisión global expone la corrupción de la Academia. Tras inmovilizar a Varga, el sistema de rangos colapsa. Valeria se alinea con Mateo ante la incertidumbre, revelando que, aunque la Torre ha caído, una amenaza externa mayor aguarda en el horizonte.

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La caída de Varga

El zumbido del núcleo de la Torre no era un sonido; era un grito metálico que vibraba en los dientes de Mateo. Conectado a través del módulo experimental, su sistema nervioso se sentía como un cable de alta tensión pelado, chisporroteando contra la arquitectura fría de la zona prohibida. Su Mech, un esqueleto de metal retorcido y placas de blindaje arrancadas, apenas mantenía la estabilidad al 40% de su capacidad. Cada segundo de conexión era una purga eléctrica que buscaba freír sus sinapsis para proteger el secreto de la Academia.

—Suéltalo, Mateo —la voz de Varga resonaba a través de los altavoces, una mezcla de pánico burocrático y una rabia depredadora—. No tienes idea de lo que estás rompiendo. La Torre es el orden, y tú solo eres chatarra que se niega a ser enterrada.

Mateo no respondió. Sus ojos, inyectados en sangre, se enfocaron en la pantalla de diagnóstico que parpadeaba frente a él. La sobrecarga del módulo estaba drenando la energía del reactor, volcándola hacia afuera. Estaba forzando el sistema de la Torre a vomitar sus archivos, sus registros de consumo humano y la contabilidad oculta de las vidas sacrificadas por los niveles superiores. El dolor era una marea negra, pero cada vez que el sistema de seguridad intentaba purgarlo, Mateo utilizaba el módulo para redirigir la carga hacia los protocolos de transmisión de la Academia. En un destello de luz azul, los datos se dispararon hacia las pantallas gigantes que dominaban cada nivel de la ciudad.

El silencio en la Plataforma del Núcleo se volvió absoluto cuando el reactor, el corazón negro que alimentaba la mentira de la Torre, se detuvo con un gemido metálico que sacudió los cimientos de la estructura. Varga aterrizó su Mech personal, una máquina de combate de última generación, sobre la pasarela. Su presencia era un monumento a la autoridad que Mateo acababa de decapitar.

—Has condenado a toda la jerarquía a la irrelevancia, rata de desguace —rugió Varga, mientras su Mech lanzaba una ráfaga de fuego de supresión que pulverizó las barreras de contención.

Mateo, con el sistema nervioso aún vibrando, rodó por el suelo metálico. Cada movimiento era una tortura de servomotores dañados. Aprovechando la inestabilidad del reactor, Mateo activó una sobrecarga manual en los conductos de presión hidráulica que rodeaban la plataforma. Cuando Varga cargó, Mateo disparó un cable de anclaje hacia el pistón central. El choque de presión fue brutal: el suelo de la plataforma cedió, atrapando las piernas hidráulicas del Mech de Varga en una trampa de acero retorcido. El instructor quedó inmovilizado, humillado ante la mirada de toda la ciudad que, a través de las pantallas, observaba cómo su verdugo se convertía en prisionero de su propia máquina.

Valeria apareció en la plataforma superior. No traía su casco, y su rostro, pálido bajo la luz parpadeante de las pantallas, reflejaba la estática de una jerarquía que acababa de ser borrada.

—El sistema de rangos ha muerto, Mateo —dijo ella, su voz apenas un susurro—. Varga ha sido arrestado por su propia guardia. La red central ha caído. La gente abajo no sabe qué hacer con su libertad.

Mateo se desplomó contra el chasis destrozado de su máquina, sintiendo cómo el dolor punzante en sus terminaciones nerviosas le recordaba que el módulo experimental no le había dado un regalo, sino una carga. Miró hacia abajo. La Torre, el pilar que durante generaciones había dictado quién vivía y quién era desguazado, se extendía como una herida abierta en el mapa de la ciudad. El sistema de rangos, ese techo de cristal, se había desmoronado.

Sin embargo, al mirar hacia el horizonte, la victoria se sintió provisional. El reactor, ahora inerte, había dejado de ser un escudo. Más allá de las paredes de la Torre, en el vacío que el sistema ocultaba, algo se movía. Mateo ajustó su equipo, sintiendo el peso de un futuro sin jerarquías pero cargado de peligros desconocidos. La Torre era solo la puerta, y el verdadero ascenso apenas comenzaba.

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