Emboscada en el nivel tres
El zumbido de mi Mech era un lamento metálico que resonaba directamente en mis sienes, una vibración agónica sincronizada con el pulso errático del módulo experimental. Mi tablero de mando, un mosaico de remiendos y cables expuestos, parpadeaba en un rojo que me recordaba la realidad: 40% de integridad estructural. Afuera, en el Sector 4-B, el aire no era oxígeno, sino una presión estática que anunciaba la purga. Varga había sellado los corredores, convirtiendo el mapa oficial en un laberinto de callejones sin salida diseñados para asfixiarme.
—Detectado: Intruso en sector restringido —la voz sintética de la Torre retumbó, gélida y sin alma. Los drones de limpieza de la Academia, máquinas de exterminio impecables, ya patrullaban los niveles superiores. Según el mapa de navegación, la única salida estaba bloqueada por una mampara reforzada. Era una trampa. Cerré los ojos, ignorando el dolor punzante que me subía por la columna vertebral al forzar la conexión neuronal. El módulo filtró el ruido del sistema y, de repente, el acero gris de las paredes se volvió transparente. Vi las venas de datos fluyendo por la arquitectura de la Torre; el mapa oficial era una mentira, y la verdadera ruta estaba oculta tras una viga estructural que nadie más podía ver. Me lancé hacia el vacío, dejando atrás los proyectiles de los drones.
Al emerger en la zona de mantenimiento, el siseo de mis pistones fue ahogado por el chirrido del metal. Antes de poder estabilizarme, un pulso láser chamuscó el aire a milímetros de mi cabina. Varga no estaba jugando; un escuadrón de cadetes de élite había rodeado el corredor.
—¡Entreguen el módulo, chatarra! —rugió el líder. Tres Mechs de asalto avanzaron, sus cañones de riel apuntando a mi núcleo. Mi integridad cayó al 12%. No buscaban prisioneros, sino el hardware. Forcé una sobrecarga del módulo, bañando el pasillo en una luz azulada que volvió erráticos sus sistemas de puntería. Aprovechando el caos electromagnético, me lancé sobre el Mech líder, incrustando mi cuchilla de plasma en su panel de ventilación. El blindaje cedió con un gemido metálico, y el botín de sus celdas de energía elevó mi integridad al 60% en segundos.
La lucha, transmitida en vivo por las pantallas de la Torre, dejó a la audiencia en un silencio sepulcral. Varga intentó cortar la señal desde su puesto de mando, pero hackeé el nodo de transmisión local, proyectando los registros de batalla del módulo. La élite de la Academia no solo estaba siendo derrotada; estaba siendo expuesta por su propia incompetencia táctica ante todo el Nivel 1. Los vitoreos de la multitud, antes reservados para los privilegiados, ahora rugían mi nombre.
Valeria me interceptó en la pasarela de observación poco después. Su Valkyrie cromado bloqueaba el camino, un símbolo de la perfección que yo estaba destinado a romper.
—Tu presencia es un insulto, Mateo —dijo ella, con una frialdad que no alcanzaba a ocultar su inquietud—. Eres un error que Varga no ha sabido borrar.
—Si tanto te molesta, bájate de ese pedestal y haz el trabajo tú misma —respondí, sintiendo el módulo vibrar en mi columna.
Ella lanzó el desafío: un duelo oficial. Si ganaba, obtendría el acceso directo al Nivel 4, saltándome la jerarquía impuesta. Si perdía, entregaría el módulo. Acepté, sabiendo que el sistema ya no podía ocultar mi ascenso. El mapa de la Torre, una vez más, comenzó a deformarse ante mis ojos, revelando nuevas rutas que Valeria ni siquiera imaginaba que existían.