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Chapter 4: El precio del rango

Mateo repara su Mech saboteado tras una confrontación pública con Valeria en el mercado del Nivel 1. A pesar de la presión institucional de Varga y el bloqueo del sector, el módulo experimental le revela una ruta de escape oculta en la arquitectura de la Torre, forzándolo a una maniobra suicida para sobrevivir.

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El precio del rango

El motor de mi Mech, un amasijo de chatarra remendada, sonaba como un estertor agónico. En la penumbra del taller clandestino del Nivel 1, el aire sabía a ozono y a la grasa quemada de un sistema al borde del colapso. Mi victoria pública contra los cadetes de la Academia no había sido un triunfo; había sido una sentencia de muerte técnica. El indicador de integridad estructural parpadeaba en un rojo violento: 40%. No era solo el desgaste del combate; al intentar purgar el sistema, mis dedos se detuvieron sobre un conector principal fundido. Alguien en la Academia había hackeado mi puerto de diagnóstico mientras yo celebraba mi ascenso en el ranking.

El software de Varga, un parásito digital, devoraba mis circuitos pieza a pieza. El módulo experimental, fusionado a mi columna vertebral, vibraba con una frecuencia que me taladraba los huesos. La interfaz neuronal me devolvió una imagen fracturada: los conectores no solo estaban dañados, estaban siendo reescritos para detonar el motor si intentaba forzar la marcha. Tenía diez minutos antes de que la inspección de la Academia llegara al hangar. Con un gruñido, conecté mi sistema nervioso directamente al núcleo del módulo. El dolor fue una descarga blanca, una hemorragia que me obligó a escupir sangre sobre los controles, pero el sacrificio valió la pena: el flujo de la purga se detuvo, bloqueado por mi propia voluntad convertida en firewall biológico.

Salí al mercado de chatarra del Nivel 1 con el cuerpo entumecido. Busqué un regulador de presión de grado militar, serie 7, pero el vendedor ni siquiera levantó la vista de su terminal.

—Todo el stock está reservado. La Academia compró el inventario completo hace diez minutos. Lárgate, 'desguazador' —escupió el hombre, sin notar que mis dedos, gracias a la sincronización con el módulo, ya habían extraído los datos de su registro privado.

—Sé que tienes tres unidades en el almacén B, bajo una tapadera —dije, mi voz cargada de una amenaza que no era solo mía, sino del sistema que ahora yo controlaba—. Si no quieres que publique tu historial de ventas ilegales en la red de la Torre, vas a entregarme esa pieza ahora mismo.

El vendedor palideció, pero antes de que pudiera responder, el sonido de unos tacones metálicos resonó contra el suelo de rejilla. Valeria se detuvo frente a mí, luciendo su uniforme de gala, impecable, con una mirada que destilaba desprecio.

—¿Crees que un par de piezas robadas te harán subir de rango, Mateo? —dijo ella, su voz atrayendo las miradas de los aspirantes cercanos—. Estás jugando con fuego en un terreno donde solo nosotros dictamos la temperatura.

—Prefiero quemarme a ser una estatua de cristal como tú —respondí, arrebatándole la caja de repuestos al vendedor mientras Valeria apretaba los puños, humillada por mi audacia. Sabía que no me dejaría salir viva de allí.

Regresé al hangar justo cuando las alarmas del Nivel 1 comenzaron a aullar. El mapa de la Torre se reconfiguró frente a mis ojos; Varga había sellado el sector. Estaba atrapado. El Mech, con sus piezas nuevas mal ajustadas, marcaba apenas un 40% de capacidad. La voz de Varga retumbó por los altavoces:

—Detectado. Identificación: Desguazador. Protocolo de purga activo. No hay salida, rata.

Las paredes de acero reforzado se cerraron sobre el pasillo. La emboscada era total. Pero mientras el sistema de la Torre intentaba asfixiarme, el módulo me mostró una grieta en la arquitectura, una ruta de mantenimiento que no figuraba en ningún mapa oficial. Era una apuesta suicida: saltar hacia una pared que, según el sistema, era sólida, pero que mi módulo identificaba como un vacío. Con el Mech gimiendo bajo el peso de su propia estructura, aceleré, ignorando el dolor punzante en mi columna. Tenía que decidir en un segundo: la rendición ante la purga o el salto hacia lo desconocido. Pisé el acelerador y me lancé al abismo, confiando en que el módulo vería la salida que el resto del mundo no podía ver.

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