La primera soldadura
El aire en el taller clandestino del Sector 4-B sabía a ozono quemado y a la amarga urgencia de quien no tiene mañana. Mateo sujetaba el cautín con manos que no lograban dejar de temblar, no por miedo, sino por la descarga constante que el módulo experimental le devolvía. La pieza, arrancada del chasis de Valeria, no era solo tecnología; era un parásito de luz azul que palpitaba al ritmo de su propio corazón, buscando desesperadamente una interfaz donde anclarse.
—Vamos, maldito parásito —gruñó Mateo. Sus dedos estaban cubiertos de quemaduras superficiales, pero cada vez que el metal del módulo se fusionaba con el chasis de su Mech de desguace, la máquina emitía un zumbido armónico que nunca antes había escuchado.
El chasis, una carcasa de segunda mano llena de remiendos, crujió bajo la presión. El módulo no pedía energía; la succionaba. Mateo sintió un tirón en la base de su nuca, una conexión neuronal que le hizo ver el taller no como un montón de chatarra, sino como una red de flujos energéticos. La realidad se volvió legible: el conducto de ventilación detrás de su mesa no estaba bloqueado, era una arteria de la Torre que el sistema ocultaba a los ojos de los parias.
De repente, las pantallas de la pared se encendieron con una luz roja, aséptica y cruel. El rostro del Instructor Varga apareció, proyectado sobre el desorden de cables. Detrás de él, el sonido de drones de limpieza cortando metal presagiaba el fin.
—El protocolo de purga ha comenzado —la voz de Varga, carente de cualquier rastro de humanidad, resonó en el taller—. Cualquier unidad no registrada será reducida a cenizas para preservar la integridad del Nivel 1. No se aceptarán rendiciones.
Diez minutos. El cronómetro de la Torre, una columna de luz que descendía desde el techo, marcaba el tiempo de vida del Sector 4-B. Mateo sintió cómo los filamentos del módulo se enterraban más profundamente en su sistema nervioso. El dolor fue agudo, una descarga que le entumeció la mandíbula, pero a cambio, el Mech de desguace cobró vida. Sus actuadores, antes oxidados, se tensaron con una potencia hidráulica que hizo que el suelo de metal bajo sus pies se agrietara.
Mateo no esperó. Se lanzó hacia el conducto de ventilación, su nuevo sistema nervioso guiando cada movimiento con una precisión quirúrgica. Al llegar a la esclusa de seguridad que separaba el desguace del Nivel 1, el panel de control brilló con una advertencia de acceso denegado. Mateo apoyó su mano sobre el sensor. El módulo, actuando como una llave maestra, hackeó la jerarquía de la Torre en milisegundos. La esclusa se abrió con un gemido metálico que sonó a sentencia de muerte para su antigua vida.
Cruzó el umbral. El aire cambió: pasó de ser viciado y caliente a ser frío, estéril y cargado de una presión social que se sentía físicamente en el pecho. Estaba en la plaza del Nivel 1. El suelo, pulido hasta el brillo de un espejo, reflejaba su figura: un desguazador con un Mech que latía con una luz azul prohibida.
La voz sintética de la Torre resonó en la plaza: —Unidad no registrada detectada. Protocolo de purga: activo.
Mateo vio cómo las pantallas de ranking, inmensas columnas de luz sobre la plaza, comenzaban a parpadear. El sistema estaba intentando clasificarlo, escaneando la firma energética del módulo. El módulo experimental parpadeó en rojo, fusionándose con el sistema nervioso de Mateo. La inspección de la Academia comenzaba en diez minutos.