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Chapter 1: Chatarra de élite

Mateo rescata un módulo experimental prohibido de un Mech de élite destruido, activando un protocolo de purga institucional. Mientras huye de los drones de Varga, el módulo se sincroniza con su sistema nervioso, otorgándole acceso no autorizado a la arquitectura de la Torre y marcándolo como objetivo de desguace.

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Chatarra de élite

El aire en el Nivel Bajo siempre sabe a ozono quemado y desesperación, pero esta noche el sabor es metálico, una mezcla de cobre fundido y el miedo que rezuman los muros de la Torre. Mateo estaba agazapado tras una viga de acero retorcida, con los ojos fijos en la arena de pruebas. A menos de doscientos metros, el Mech de clase avanzada de Valeria yacía hecho pedazos, una carcasa humeante de aleación de titanio que valía más que toda la vida de Mateo junta.

El sistema de la Academia no perdonaba errores. Un dron de limpieza, una esfera negra con ojos de luz carmesí, sobrevolaba los restos. Si el dron detectaba el módulo de núcleo antes que él, la purga de datos borraría cualquier evidencia del fallo técnico de la élite. Y Mateo necesitaba esa evidencia para sobrevivir un día más en el mercado negro de repuestos.

—Muévete —masculló para sí mismo. El sudor le escocía en los ojos, mezclado con la grasa de motor que le manchaba la frente. Se lanzó al centro de la pista cuando el dron giró hacia el sector este. Sus botas golpearon el suelo con una precisión ensayada. Llegó a la cabina destrozada y metió las manos en las entrañas del Mech. El metal seguía caliente, quemándole la piel a través de los guantes desgastados, pero no se detuvo. Sus dedos encontraron el anclaje del módulo experimental. Era una pieza de ingeniería prohibida, pequeña, palpitante con una luz azul eléctrica que parecía latir al ritmo de un corazón humano. Al tirar de ella, una descarga recorrió su brazo, sincronizándose con su pulso. En ese instante, el dron de limpieza se detuvo y giró sobre su eje, enfocando su sensor directamente en la espalda de Mateo.

El zumbido del dron se transformó en un pitido de alta frecuencia que le taladró los oídos mientras Mateo se lanzaba hacia el conducto de mantenimiento más cercano. El metal de la rejilla cedió bajo su patada, y se arrastró hacia la oscuridad mientras el rayo de incineración del dron fundía el acero donde un segundo antes estaba su cabeza.

—Identificación de intruso confirmada en sector 4-B —la voz del Instructor Varga, gélida y amplificada por los altavoces de la Torre, retumbó en los pasillos superiores—. Protocolo de desguace total activado. No dejen rastro de la falla.

Mateo se arrastró por el conducto con los nudillos ensangrentados, el módulo apretado contra su pecho. La vibración del dispositivo se había vuelto constante, un zumbido sordo que se filtraba por sus huesos. De pronto, su muñequera, usualmente opaca por la falta de rango, se iluminó con una cascada de datos que no deberían existir. El módulo estaba inyectando un código de derivación directo a su sistema nervioso, reescribiendo la jerarquía de acceso de su propio equipo de desguace. No era solo chatarra; era una llave maestra hacia la arquitectura de la Torre.

El dolor le recorrió la columna vertebral cuando la sincronización se intensificó. Mateo soltó un grito ahogado, golpeando su cabeza contra el techo del ducto. La visión se le nubló, sustituyendo la oscuridad del túnel por un despliegue de datos en tiempo real: esquemas de la Torre, niveles de integridad de su propio marco orgánico y, lo más aterrador, una serie de vectores de ataque que no deberían existir. El sistema nervioso del módulo estaba hackeando el suyo, reescribiendo su percepción del espacio.

Diez minutos. Ese era el margen de tiempo antes de que Varga y sus drones de barrido purgaran el sector por completo. Para la Academia, Mateo no era más que un parásito, una estadística de desguace que debía ser borrada. Pero ahora, los datos fluían a través de él como una corriente de poder crudo, revelando que el sistema de la Torre estaba lleno de grietas invisibles para los ojos de la élite.

Un dron de seguridad bloqueó la salida principal, su cañón de plasma cargándose con un zumbido letal. Mateo miró la pantalla de su muñequera: el módulo parpadeaba en rojo, fusionándose con su sistema nervioso, obligándolo a elegir entre la incineración o una ruta de escape suicida a través de los conductos de ventilación hacia el Nivel 1. El objetivo de desguace estaba marcado, pero por primera vez, el cazador tenía miedo de la presa. La inspección de la Academia comenzaba en diez minutos, y Mateo ya no estaba huyendo; estaba ascendiendo.

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