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Chapter 10: El desafío a la Directora

Julián llega a la arena principal con un Vanguard-04 críticamente dañado, forzando un duelo público ante la junta de patrocinadores. Tras exponer la corrupción del sistema, Solís ordena su destrucción, obligando a Julián a ceder el control de su frame al módulo prohibido para sobrevivir.

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El desafío a la Directora

El Vanguard-04 no emitía un zumbido, sino un estertor. El brazo derecho, destrozado tras la emboscada en el Nivel 4, colgaba por unos cables de fibra óptica que chisporroteaban contra el suelo de rejilla. Julián Varga, encerrado en la cabina, sentía cada descarga del módulo prohibido como un clavo ardiente atravesándole la columna. No era solo una mejora; era una simbiosis parasitaria. La IA de la Era de la Fractura estaba consumiendo sus impulsos sinápticos para compensar la pérdida de integridad estructural del chasis.

—Si no llego a la arena, Kael muere —gruñó Julián. Su voz sonaba ajena, distorsionada por el modulador de emergencia.

Forzó un puente de derivación en el panel central. El dolor fue absoluto, una ceguera blanca que le nubló la visión, pero el Vanguard respondió. Los sistemas pasaron de un rojo agónico a un naranja estable. La purga de la Academia ya no era una amenaza lejana; los drones de seguridad barrían el sector con láseres de rastreo. Julián no tenía salida, solo el ascenso.

Al entrar en la arena principal, el silencio fue más pesado que el metal de su frame. Miles de ojos, desde los niveles superiores hasta las gradas de los patrocinadores, se clavaron en él. Valeria Solís lo esperaba en el estrado, con la frialdad de quien ha enterrado miles de secretos bajo el concreto de la Torre. A su lado, la junta de patrocinadores observaba con una mezcla de codicia y terror.

—Varga —la voz de Solís, amplificada por el sistema de megafonía, resonó como una sentencia—. Has hackeado la red pública para difundir patrañas sobre la arquitectura del sistema. Estás bajo arresto por sedición. Tu frame será confiscado y desmantelado.

Julián dio un paso al frente. El actuador reparado emitió un chirrido metálico, un sonido que denunciaba su precariedad, pero él no retrocedió. El módulo de datos palpitaba contra su espina, un metrónomo de guerra.

—No son mentiras, Directora —respondió Julián. Su voz, filtrada por el procesador del Vanguard, retumbó en la arena, clara y desafiante—. Son registros de reciclaje. Los patrocinadores no están aquí para ver mi ejecución, sino para ver si su inversión sigue siendo rentable cuando la verdad sale a la luz. ¿Cuántos de sus 'cadetes de élite' terminaron como piezas de repuesto en el Nivel 4?

Un murmullo recorrió las gradas. La inestabilidad de la Torre, expuesta por los datos filtrados, era una mancha que los patrocinadores no podían ignorar. Solís apretó los puños, su máscara de control agrietándose ante la mirada de los inversores.

—Destrucción total —ordenó Solís a sus ejecutores, su voz perdiendo la calma—. No quiero datos. Quiero chatarra.

El Ejecutor de Clase A cargó, una mole de cromo pulido que reflejaba la luz de las pantallas. Julián sintió cómo el módulo inyectaba una ráfaga de datos tácticos en su córtex. El dolor era una aguja de fuego, pero el tablero frente a sus ojos se aclaró: la IA estaba reescribiendo la jerarquía de los protocolos del Vanguard en tiempo real.

El Ejecutor disparó sus cañones de pulso. Julián ejecutó una maniobra de esquiva que desafiaba la física del frame. El Vanguard-04 se movió con una fluidez inhumana, dejando tras de sí una estela de chispas. Mientras esquivaba, el módulo tomó el control total. Julián sintió que su voluntad se disolvía en la potencia bruta de la máquina. El Vanguard-04, envuelto en un aura de energía inestable, se preparó para un contraataque que no figuraba en ningún manual de la Academia. La Directora Solís retrocedió, consciente de que el control sobre la arena se le escapaba de las manos.

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