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Chapter 9: La verdad del registro

Julián y Kael descubren que la Torre es un procesador de reciclaje humano y tecnológico. Tras repeler una emboscada, Julián hackea la red pública de la Academia para exponer la verdad, forzando un duelo público que pone en jaque la autoridad de la Directora Solís.

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La verdad del registro

El Vanguard-04 se quejaba con un gemido metálico; el brazo derecho, reforzado con el actuador Paladín, vibraba con una frecuencia que le taladraba los dientes a Julián. Estaban en el Nivel 4, un túnel de ventilación que apestaba a ozono y a chatarra recalentada. Kael, con el costado teñido de un rojo oscuro que se extendía por su traje de piloto, tecleaba con dedos temblorosos en la terminal portátil.

—Si no desciframos la ruta de salida, los mercenarios de Solís nos localizarán antes de que el frame pueda dar un solo paso más —escupió Kael. Su voz era un hilo de acero tenso.

La luz azul de la terminal bañaba su rostro, revelando una mueca de dolor que no lograba ocultar la urgencia. Julián apretó los dientes, sintiendo el calor del motor irradiando a través de la cabina. El módulo prohibido, ese fragmento de IA de la Era de la Fractura, proyectó una cascada de registros en el visor del Vanguard-04. No eran datos de batalla. Eran logs de reciclaje.

—Kael, mira esto —dijo Julián, su voz tensa—. No es un registro de entrenamiento. Es un inventario de sacrificio. Cada frame que la Academia "jubila" en el Nivel 4, cada escalador que desaparece tras una prueba fallida... todo se procesa en el núcleo de la Torre. No estamos subiendo una estructura, estamos alimentando un incinerador.

Julián sintió una náusea gélida al ver los nombres en la pantalla. Familias enteras de mecánicos cuyos apellidos habían sido borrados. El apellido Varga brillaba en una línea marcada como "Anomalía suprimida". La rabia, antes un motor frío destinado a restaurar su honor, se transformó en una urgencia volcánica. Ya no se trataba de su nombre; se trataba de la mentira que sostenía la ciudad.

El pasillo de ventilación se iluminó con un resplandor azul eléctrico. Tres unidades de élite aparecieron al final del corredor, con el sello de la Directora Solís grabado en sus placas de pecho. No hubo parlamento. Los proyectiles cinéticos impactaron contra las paredes, haciendo temblar los cimientos de la zona.

—Déjame aquí, Julián —jadeó Kael, intentando levantarse—. Ese registro... si la Academia te atrapa, seremos solo otra estadística en su procesador.

—No eres una estadística —gruñó Julián, forzando al Vanguard a girar sobre su eje, ignorando el feedback neuronal del módulo que le perforaba el córtex como agujas candentes—. Eres la prueba de que este sistema es una mentira.

Julián sobrecargó el actuador Paladín, inyectando energía bruta del módulo prohibido directamente al sistema de armas del frame. El Vanguard rugió, una descarga de energía azul que desintegró la vanguardia enemiga en un estallido de metal fundido. La estructura del frame crujió, al borde del colapso total, pero el camino hacia la plataforma de ascenso estaba despejado.

Al llegar al estrado, con el brazo derecho bloqueado en un ángulo antinatural, Julián se conectó a la red pública de la Torre. No buscaba una salida; buscaba un estrado.

—Directora Solís —la voz de Julián, distorsionada por los filtros del frame, resonó en todos los altavoces de la academia—. Ya no estoy aquí para rogar por una licencia. Estoy aquí para presentar una auditoría.

En la sala de mando, los monitores de los patrocinadores parpadearon. La pantalla principal comenzó a filtrar registros de desguace, firmas de energía de frames 'desaparecidos' y el rastro logístico de los pilotos que nunca regresaron. La verdad era un arma, y Julián la estaba clavando directamente en el corazón de la reputación de la Academia.

—Corten esa señal —ordenó Solís, con el rostro inexpresivo, aunque sus dedos se hundían en el metal de su consola—. Es una falsificación. Confisquen ese chatarra ahora mismo.

Los mercenarios de la Academia avanzaron, pero los patrocinadores, hombres de trajes impecables, permanecieron inmóviles, hipnotizados por la evidencia del genocidio sistémico. Julián, con el Vanguard-04 humeante y a punto de apagarse, lanzó su desafío final:

—Si quieren silenciarme, vengan a buscarme. Desafío a la Academia a un duelo público ante los patrocinadores. Si gano, la verdad sale a la luz. Si pierdo, mi frame y mi vida son suyos.

El silencio que siguió fue absoluto. La Torre, por primera vez en décadas, se detuvo a escuchar.

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