El costo de la ambición
El Chatarra-7 no aterrizó; se desplomó contra el suelo del vestíbulo de la Academia con un estruendo que hizo vibrar los cristales reforzados. El metal, una amalgama de parches oxidados y tecnología militar prohibida, crujió bajo el peso de su propia inercia. Mateo, empapado en sudor y con los músculos de los brazos ardiendo por el esfuerzo de la sincronización, emergió de la cabina. El blindaje del mech, que hace minutos era un amasijo de cables expuestos, se estaba sellando solo, absorbiendo la estática residual del Piso 2 como si fuera una esponja hambrienta.
El silencio en la Academia era absoluto. Cadetes de élite, con sus uniformes impecables, retrocedieron instintivamente. El Instructor Vane se adelantó, sus ojos inyectados en sangre fijos en el contador de rango que flotaba sobre la cabeza de Mateo: Rango 1000.
—Eso es una violación de los protocolos de mantenimiento —espetó Vane, su voz temblando de rabia contenida—. Ese frame es un desecho. No debería estar operativo, mucho menos regenerándose.
Vane extendió la mano hacia el panel de control del Chatarra-7 para forzar una desconexión, pero un chasquido eléctrico lo detuvo. Una interfaz holográfica carmesí se desplegó, bloqueando su acceso con una advertencia sistémica: Acceso denegado. Usuario: Rango 1000. Interferencia de instructor no autorizada. El zumbido del sistema, un sonido metálico y frío, resonó en todo el recinto. Mateo no miró a Vane; sus ojos estaban fijos en el 17% de integridad que marcaba su HUD. Estaba vivo, pero el costo era una deuda de energía que su cuerpo apenas podía sostener.
En la penumbra de su taller, la realidad se impuso. Mateo conectó los cables de alimentación directamente al núcleo del módulo prohibido. El dolor fue inmediato, un latigazo que le recorrió la columna vertebral, pero el Chatarra-7 respondió. La luz ámbar del módulo palpitó con más fuerza, forzando una inversión de flujo que drenó la energía residual del suelo. Era un proceso peligroso; cada vatio robado a la Torre era un vatio que le quitaba a su propia vitalidad.
La puerta del taller se deslizó con un siseo. Valeria entró, flanqueada por su Vanguard-IV. No había rastro de la curiosidad que mostró en el Piso 1; ahora solo había una frialdad calculada.
—El sistema te protege por el Rango 1000, Mateo, pero la Academia no perdona las anomalías —dijo ella, activando los propulsores de su mech—. Esto no es un duelo. Es una auditoría de campo. Si tu frame es una trampa de datos, lo sabremos ahora.
La llevaron a la arena de entrenamiento. Valeria atacó con la precisión de un bisturí, acorralándolo contra la barrera de energía. Mateo, sintiendo el calor punzante del módulo en su pecho, dejó de luchar contra la máquina. Se convirtió en uno con el metal, permitiendo que la energía del suelo fluyera a través de él. Cuando Valeria lanzó un golpe de plasma, Mateo no bloqueó; rotó el eje del Chatarra-7, desviando el impacto por milímetros. La estela de chispas azuladas que brotó de sus pies iluminó la arena, absorbiendo la estática con una voracidad que dejó a Valeria estática.
—¡Detengan el duelo! —rugió Vane desde la grada, pero el sistema de la Torre ignoró sus comandos. Las luces de neón parpadearon en rojo. Mateo sintió que la Torre se abría ante él, no como una pared, sino como una puerta. Mientras la Academia intentaba desesperadamente expulsarlo, el módulo prohibido forzó una brecha en la estructura, revelando el umbral hacia un nivel sellado. La élite observaba, aterrorizada, cómo el desguazador que debió morir en el Piso 1 estaba a punto de cruzar hacia lo prohibido.