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Chapter 2: El Módulo de la Discordia

Damián fuerza el arranque del mecha utilizando un módulo prototipo oculto, logrando una mejora de rendimiento visible que sacude el ranking y atrae la atención punitiva de la inspectora Nora Rivas, quien exige una auditoría inmediata bajo amenaza de confiscación.

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El Módulo de la Discordia

El contador rojo sobre la plataforma de arranque marcaba veintisiete minutos. Cada segundo que pasaba, el sistema de la Ciudad-Torre recalculaba la deuda de Damián Vela con una frialdad matemática: AJUSTE DE RIESGO +14%. La cifra, proyectada en un carmesí eléctrico sobre el cristal de la grada, era una sentencia pública. Si Damián no lograba una calibración operativa antes del cierre del registro, el armazón sería confiscado y él terminaría en los niveles inferiores, donde la deuda se paga con años de servidumbre.

—Desconecten ese módulo —ordenó Nora Rivas. La inspectora no miraba el chasis; tenía la tableta alzada, lista para sellar la auditoría con un decreto de confiscación—. Está fuera de registro. No voy a comprometer mi carrera por los caprichos de un taller de mala muerte.

Lía Santoro, con los dedos manchados de grasa y el rostro tenso, bloqueó el acceso al panel con su propio cuerpo. —No es un capricho. Es un prototipo de respuesta rápida. Si lo corto ahora, el armazón se muere al primer paso. El núcleo no tiene otra forma de compensar la inercia.

—Ya está muerto —escupió Bruno Calderón desde la grada alta. El favorito del sector, impecable en su traje de piloto, se apoyaba en la baranda con una sonrisa de dueño—. Solo falta que el campo lo entierre para que deje de estorbar.

Damián no miró hacia arriba. Sentía el calor del chasis bajo sus manos, un zumbido irregular que vibraba en sus huesos. El riesgo era real, pero la inmovilidad era la muerte segura. Sin apartar la vista del panel, le hizo una seña a Lía.

—Hazlo —dijo Damián con voz firme—. Ajusta el perfil de control al máximo. Si vamos a quemarnos, que sea viendo cómo se mueven los números.

Lía apretó los dientes, dudó una fracción de segundo y luego, con una precisión quirúrgica, puenteó los limitadores. El armazón respondió con un estremecimiento violento que sacudió la plataforma. En la pantalla, la latencia de los servos cayó de 14 milisegundos a 6. El brazo izquierdo, que antes se arrastraba con la pesadez de la chatarra, se alzó con una fluidez inquietante.

—¿Ves eso? —susurró Damián, sintiendo cómo el sistema de control se sincronizaba con su propio pulso—. Ya no arrastra el peso. Obedece.

La respuesta del núcleo subió al 87% y se mantuvo estable, pero el costo fue inmediato: una columna de humo negro comenzó a filtrarse por las juntas de la articulación del hombro. El calor dentro de la cabina subió diez grados. A pesar de la advertencia térmica, Damián ejecutó una secuencia de desplazamiento lateral. El mecha se movió con una agilidad que no pertenecía a su clase, desplazándose sobre la pista con una elegancia que dejó a la audiencia técnica en un silencio súbito.

La pantalla de clasificación parpadeó. El nombre de Damián Vela ascendió tres posiciones, superando marcas oficiales que nadie esperaba de un deudor sin patrocinio. Bruno Calderón dejó de sonreír; su mandíbula se tensó al ver cómo su propia ventaja en el ranking se reducía frente a un armazón que, por derecho, debería estar en el desguace.

—Anomalía de rendimiento detectada —anunció la voz sintética del campo. Nora Rivas no esperó. Su rostro, antes impasible, se endureció con una frialdad profesional.

—Auditoría inmediata —ordenó Nora, mientras una nueva línea roja cruzaba el registro de Damián: MÓDULO NO AUTORIZADO. —Si el módulo no está en el registro, el armazón queda retenido. Tienes treinta segundos para apagar el núcleo o perderás el derecho a cualquier apelación.

Damián sintió el calor abrasador del panel bajo sus guantes. El módulo prototipo, ahora despierto y rugiendo, le ofrecía una potencia que podía llevarlo al siguiente piso, pero el sobrecalentamiento era una sentencia de muerte técnica. Estaba a una firma de distancia de la confiscación total, con la mirada de toda la grada técnica clavada en su chasis humeante. La victoria estaba al alcance, pero la torre ya estaba ajustando el precio.

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