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Chapter 1: Deuda de Metal y Humo

Damián Vela, acorralado por una deuda creciente y la inminente reasignación de su mecha, desafía las advertencias de su tío y la burocracia del Campo de Pruebas. Tras descubrir un registro de combate oculto en un armazón supuestamente obsoleto, Damián fuerza un arranque manual bajo la mirada crítica de su rival, Bruno Calderón, y la inspectora Nora Rivas, apostando su última moneda y su reputación en un intento desesperado por ascender.

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Deuda de Metal y Humo

La pantalla del acceso, incrustada en el vidrio negro del pasillo familiar, parpadeaba en rojo: DEUDA VIGENTE / ACCESO A CAMPO: 00:47:13.

Debajo, una línea nueva cortaba el aire como una navaja: REASIGNACIÓN AUTOMÁTICA AL CIERRE.

Si no sellaba una prueba antes de medianoche, el armazón que llevaba meses mirándolo desde la otra vida del hangar se iría con otro nombre, otro patrocinio, otra oportunidad. Damián Vela no se giró cuando su tío Evar se detuvo a sus espaldas. El olor a guiso recalentado y metal húmedo del bloque familiar le resultaba asfixiante.

—Todavía puedes tomar un trabajo limpio —dijo Evar. Su voz no era cruel; era el cansancio de quien ya ha visto a demasiados hombres estrellarse por orgullo—. Chatarra de motor en el muelle. Descarga nocturna. Pagan poco, pero comes. Con eso no te echan.

—Si acepto eso, el campo me cierra igual —respondió Damián, sin apartar la vista de la cifra. Bajo el saldo, una anotación nueva: AJUSTE DE RIESGO. La deuda se estiraba con una paciencia ofensiva.

—Tu madre no crió a un terco para que se destruya por una chatarra —insistió Evar, golpeando la baranda con dos dedos—. Estás perdiendo el tiempo. Estás perdiendo la casa.

—Tengo una posibilidad de no terminar como un nombre borrado en una lista —Damián apretó la moneda plateada en su bolsillo. Era su última ficha. Suficiente para una entrada o para comprar pan por dos días. O para una mentira bien vestida.

—Eso no es valentía, Damián. Es una forma elegante de arruinar a los demás.

Un aviso sonoro cortó la discusión: dos pitidos, uno corto, uno largo. 00:41:02. El sistema ya no advertía; medía el tiempo que le quedaba antes de ejecutarlo.

—Vas a perder la última moneda —dijo Evar, en un ruego que Damián ignoró mientras se lanzaba hacia la escalera de servicio. No corrió por dramatismo; corrió porque el tablero ya estaba jugando sin él.

Al llegar al perímetro industrial, el aire cambió: menos sopa, más ozono. El hangar de pruebas estaba abierto, bañado en luz blanca. Allí, el dinero no se contaba en billetes, sino en horas de mantenimiento y marcas de auditoría. Lía Santoro estaba hundida hasta los codos en un armazón desahuciado, con los dedos negros de grasa y la expresión de quien discute con un muerto.

—Si vienes a decirme que todavía lo quieres entero, llegaste tarde —dijo ella sin levantar la vista.

La consola principal arrojó un error: NÚCLEO FUERA DE TOLERANCIA. ARRANQUE RECHAZADO.

Nora Rivas, la inspectora, observaba desde el módulo de cierre con una tableta en la mano. —El comité corta en cuarenta y nueve minutos. Si este chasis no acepta calibración, se reasigna.

Damián ignoró el diagnóstico estándar y buscó en el submenú oculto. Sus dedos temblaron al tocar una línea marcada en gris: REGISTRO DE COMBATE: ARCHIVADO / IGNORADO POR ESTADO OBSOLETO.

—Lía, mira esto —dijo Damián. La técnica se acercó, olvidando su desdén. Al ver la traza de carga, sus ojos se estrecharon.

—Es un módulo prototipo. Borrado porque no encaja en el balance actual. No es obsoleto, es peligroso.

Bruno Calderón apareció en la bahía de observación, impecable, con una sonrisa que parecía diseñada para humillar. —Pensé que el campo tenía estándares. ¿De verdad pelean por esa chatarra?

—Pensé que tú tenías trabajo, Bruno —respondió Damián, sin mirarlo. La tensión en el hangar subió; el olor a lubricante caliente se volvió denso, eléctrico.

00:31:18.

Nora Rivas levantó la vista. —Damián Vela, si cruzas esa línea, quedas anotado como responsable de cualquier daño estructural. Es tu carrera o tu deuda.

Damián no dudó. Se subió al armazón. El asiento estaba hundido, marcado por el peso de otros pilotos. Encajó el enlace en la ranura craneal; el frío del metal le recorrió la columna. Sintió el pulso del núcleo: un latido irregular, antiguo, pero vivo.

Lía dio un paso al frente, con la mano extendida, pero se detuvo. Damián respiró una vez, cerró los ojos y, justo cuando el reloj del campo entraba en la hora final, conectó su propio enlace neuronal al mecha muerto y lo obligó a arrancar.

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