Más allá del último piso
Las pantallas de la gala aún congelaban el rostro cenizo del Director Aris cuando Julián y Valeria irrumpieron en el corredor técnico B-7. El eco de botas blindadas rebotaba desde los niveles superiores. El Frame-09 avanzaba a trompicones; cada pisada arrancaba astillas del suelo de aleación. El HUD parpadeaba en rojo sangre: 2.4 % de integridad.
—Diecisiete minutos con treinta y ocho segundos —dijo Valeria sin mirarlo, voz cortante—. Torres ya debe estar sellando los conductos principales.
Julián apenas registraba las palabras. El módulo Valquiria-7 seguía clavado en su nuca como alambre al rojo; la sobrecarga de la transmisión pública le había dejado los nervios fritos. Cada inhalación le raspaba la garganta. El Frame dejaba un reguero de fluido negro que chisporroteaba al tocar el metal. La baliza de monitoreo latía sin pausa: posición confirmada, firma prohibida detectada, transmisión en curso.
Llegaron a la compuerta triple. Valeria extrajo el disco de cerámica negra. Julián apoyó la palma junto a la de ella. La sincronización dual que habían forzado en el Nivel 5 aún zumbaba entre sus sistemas: un puente de dolor compartido.
Autenticación doble confirmada. Acceso Nivel 47 autorizado.
Las puertas se abrieron con un resoplido. El Frame apenas cabía; las hombreras rasparon el marco y arrancaron placas de blindaje que cayeron con estrépito. Entraron. Las puertas se cerraron justo cuando el equipo de Torres destrozaba la barricada al fondo del pasillo.
El ascensor subió en un silencio roto solo por el gemido del chasis fracturado. El contador cayó a 1.1 %. Julián apretó los controles hasta que los nudillos se le pusieron blancos dentro del guante.
Valeria mantenía la respiración medida.
—Al llegar al rellano 47 no hay retorno —dijo—. La academia termina ahí. Lo que hay más allá… nadie ha regresado para contarlo.
Julián no contestó. Sus ojos estaban fijos en la silueta que bloqueaba el final del pozo: el Director Aris dentro del Érebo, mech prototipo de sesenta toneladas. Armadura negra que absorbía la luz. Dos cañones de riel ya cargados, apuntando directo al torso maltrecho del Frame-09.
—Valquiria-7 —la voz de Aris retumbó, helada y amplificada—. Lo que robaste nunca debió abandonar el laboratorio. Y ahora pretendes salir como rata.
—No huyo —respondió Julián, voz rasposa por la interfaz quemada—. Termino lo que usted enterró.
Los cañones zumbaron al límite. Valeria miró el contador: 0.7 %.
—Tres impactos y el Frame se parte en dos.
—Lo sé. —El dedo de Julián tembló sobre el control de fusión total—. Todo lo que queda. Ahora.
Valeria dudó un latido.
—Te va a freír el cerebro.
—Prefiero quemarme que caer aquí.
Ella aceptó el comando.
El módulo rugió por última vez. La interfaz neuronal se abrió como un relámpago que le atravesó la columna. Dolor blanco, cegador. El Frame-09 se irguió de golpe; grietas en la armadura se iluminaron con venas azules. El contador dio un salto imposible: 152 % de rendimiento nominal – 41 segundos restantes.
Aris disparó. Dos proyectiles de riel cruzaron el espacio. Julián ya se había lanzado. El Frame esquivó con una precisión que no era humana, cerró distancia en tres zancadas brutales. El puño reforzado impactó el pectoral del Érebo; metal crujió como costilla partida. El segundo golpe arrancó el cañón derecho de raíz, cables colgando como tendones cortados.
—Imposible… —susurró Aris, la voz quebrada por primera vez.
Julián no podía hablar. Cada pensamiento era fuego líquido. Empujó los 41 segundos hasta el borde. El Frame descargó toda la energía residual en un uppercut que destrozó la cabina del Érebo. El mech prototipo cayó de rodillas con un estruendo que hizo vibrar el pozo entero. Las cámaras de seguridad —todavía en directo— capturaron la imagen: Aris humillado, casco abierto, rostro pálido y sudoroso.
El contador llegó a cero. Integridad: 0 %. Módulo Valquiria-7: consumido irreversiblemente.
El Frame-09 se desplomó hacia adelante. Julián y Valeria salieron de la cabina destrozada. Ella lo sostuvo cuando las piernas le fallaron. Subieron al ascensor final arrastrando los restos humeantes del módulo.
Las puertas se abrieron al borde de la Torre.
Una plataforma circular de quince metros. Barandal transparente hasta la cintura. Más allá, noche absoluta. Sin techo. Sin piso sellado. Solo cielo negro y luces distantes que no formaban ninguna constelación conocida. En el centro, un arco de titanio negro. Las dos hojas masivas se abrieron con un rumor profundo y lento.
Abajo, la Torre se perdía en nubes grises y luces parpadeantes de la academia en caos total. Habían ganado diecinueve minutos desde la última sobrecarga.
Julián se aferró al borde, rodillas temblando, cableado neuronal aún chispeando. Valeria estaba a su lado, traje rasgado, sangre seca en la clavícula, respiración entrecortada.
Un pitido seco. El comunicador de muñeca de Valeria vibró.
—Entrante cifrado. Origen externo. No es de la Torre.
Julián sintió el pulso acelerarse aunque ya no le quedaba casi sangre.
Valeria abrió el canal.
Una voz calmada, profesional, sin emoción.
—Piloto Varga. Piloto Cruz. Su firma Valquiria-7 ha sido registrada en todos los nodos de comando exterior. La Torre era el filtro. Lo pasaron. El conflicto real está afuera. Tenemos un contrato: piloto principal y copiloto secundario en la Legión Exterior. Nuevo frame asignado en veintiocho minutos. Aceptan o terminan aquí.
Silencio pesado.
Julián miró a Valeria. Ella le sostuvo la mirada. Temblaba, pero no de miedo: de algo mucho más grande.
Tomó su mano. Dedos ásperos, manchados de aceite y sangre, entrelazados.
—Aceptamos —dijo Julián.
El comunicador emitió un tono de confirmación.
Contrato sellado. Transporte en camino. Bienvenidos al tablero real.
El horizonte se llenó de siluetas: mechs en formación lejana, luces de combate destellando como estrellas caídas. La Torre quedaba atrás, pequeña, insignificante.
Julián miró hacia abajo una última vez. Recordó el rango 189, el Frame-09 que apenas caminaba, la humillación pública del primer nivel. Ahora era ceniza.
Murmuró, casi para sí:
—La Torre solo nos preparó. Ahora empieza de verdad.
El viento se llevó sus palabras hacia la oscuridad inmensa que los esperaba.