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Chapter 10: La máscara de Valeria

Julián enfrenta la amenaza inmediata de confiscación por parte de Torres tras la exposición pública de la firma Valquiria-7. Valeria lo busca en secreto y revela que Aris planea reemplazar a todos los pilotos por sistemas automáticos, incluyéndola a ella. Proponen una alianza inestable: sincronización dual para abrir el Nivel 47 y exponer la corrupción del Director. Tras compartir memorias en la conexión neuronal, Valeria entrega la segunda mitad de la llave y desaparece justo antes de que llegue Torres, dejando a Julián con un plazo crítico y un objetivo mayor.

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La máscara de Valeria

El Frame-09 agonizaba contra el suelo del hangar. Integridad: 3 %. El núcleo emitía un latido irregular, como un corazón que ya sabe que va a parar. Julián mantenía la palma abierta sobre el casco aún caliente, sintiendo el pulso moribundo. En las pantallas gigantes del techo la repetición no paraba: su silueta destellando púrpura antinatural, la firma Valquiria-Prototype-7 quemada en letras de neón sobre el feed en directo. Veintiocho millones de vistas y subiendo. Toda la Academia lo había visto. Torres también.

—Varga. Retrocede.

Torres apareció flanqueado por cuatro contención con brazaletes naranja y escáneres en ristre. Chispa se mantenía a tres pasos, los puños apretados, los ojos saltando de Julián a la pantalla.

—No hay retroceso —dijo Julián sin volverse—. Está fusionado. Si lo arrancan, me arrancan la mitad de la cabeza.

Torres se detuvo a dos metros. Leyó el diagnóstico que Julián proyectó en el aire sin que se lo pidieran: líneas neuronales trenzadas al módulo como raíces vivas en carne. No había corte limpio posible.

—Veinticuatro horas —concedió al fin, voz de acero—. Vigilancia total. Un solo movimiento en falso y la baliza autoriza terminación. ¿Queda claro?

Julián asintió una vez. Torres giró y se marchó con su escolta. Chispa corrió hacia él.

—Te acaba de dar plazo para que elijas cómo morir.

Julián sacó el cilindro negro que Valeria le había deslizado en la palma justo antes de que cerraran las puertas del ascensor tras el Nivel 5.

—No. Me dio plazo para subir.

El pasillo técnico 12-B estaba muerto: luces de emergencia cada doce segundos, olor a aceite quemado. Julián caminaba contando los minutos que le quedaban antes de que la baliza de Torres gritara. No llegó a la tercera curva cuando una sombra se despegó de la pared.

Valeria Cruz. Traje negro sin insignias. Pistola de pulsos en la mano derecha, cañón bajo pero firme.

—La firma Valquiria-7 está en todas las pantallas —dijo ella—. Incluida la del Director. Y la mía.

Julián se detuvo. Ese tramo no tenía cámaras; él las había inutilizado hacía semanas.

—¿Viniste a cobrar la llave o a entregarme?

Valeria avanzó un paso. El tacón resonó seco.

—Vine porque en menos de una hora Torres tendrá la orden de desguazarte átomo por átomo. Y porque el Nivel 47 no se abre con una sola firma. Necesita dos sin censura.

Julián sintió el peso del cilindro en el bolsillo.

—¿Cuál es tu precio?

Ella proyectó un fragmento holográfico entre ambos. La voz del Director Aris, helada:

«Pilotos que superen sincronía 92 % se consideran riesgo de autonomía. Eliminación autorizada. Prioridad absoluta.»

El holograma murió.

—Aris está reemplazando carne por silicio —dijo Valeria—. Los pilotos cuestan. Las máquinas no dudan. Yo estoy en la lista. Tú ya estás marcado para recuperación… o para borrado.

Julián la miró fijo. El miedo en los ojos de ella era real, el mismo que él había sentido al abrir la carta de embargo en la mesa de la cocina de su madre.

—¿Y si subimos juntos al 47? —preguntó él—. ¿Qué ganas exactamente?

—Pruebas. El servidor madre que guarda el plan completo de automatización. Si lo exponemos, Aris cae. Si no… al menos moriremos peleando por algo más grande que una deuda familiar.

Julián apretó los dientes.

—Tregua armada. No te entrego el módulo. Pero te llevo al 47. Si me vendes, te arrastro conmigo.

Valeria bajó el arma.

—Trato.

Dieciocho horas restantes en la llave antes de que se autodestruyera.

En un rincón ciego del hangar, detrás de un andamio de reparación improvisado, Valeria apareció sin ruido. Extendió la mano.

—Dámela.

Julián dejó caer el cilindro en su palma. Ella lo inspeccionó, comprobó la muesca y lo insertó en la ranura oculta del Frame-09.

La interfaz despertó con un zumbido enfermo.

LLAVE NIVEL 47 – AUTENTICACIÓN DUAL REQUERIDA SINCRONIZACIÓN NEURONAL OBLIGATORIA VENTANA RESTANTE: 17:58:44

—No hay filtro —advirtió ella—. El sistema nos leerá completos. Todo.

Julián tragó saliva.

—Hazlo.

Cables de interfaz se clavaron en sus nuca. El clic resonó.

La conexión llegó como un latigazo.

Fragmentos de Valeria: niña viendo su primer frame desguazado por «ineficiencia», el terror de ser sustituida por algo que no sangra, la rabia al descubrir la firma de su propia eliminación.

Fragmentos de Julián: la carta de embargo sobre la mesa, la voz quebrada de su madre «sube o nos entierran a todos», el peso de cada escalón que no podía fallar.

Y más profundo: la certeza compartida de que el Nivel 47 albergaba el interruptor maestro del plan de Aris. Un servidor madre. Un botón de apagado total.

La sincronización terminó con un chasquido eléctrico. Ambos jadearon.

Valeria se recompuso primero. Sacó un disco delgado de cerámica negra y lo presionó en la palma de Julián.

—La segunda mitad —dijo—. Para cuando lleguemos arriba. No confío en nadie. Ni siquiera en ti.

Se dio la vuelta y se fundió con las sombras justo cuando las botas de Torres resonaron en la entrada del hangar.

Julián cerró el puño alrededor del disco. Diecisiete horas y treinta y ocho minutos.

El próximo techo ya no era el Nivel 5.

Era el Director Aris.

Y en menos de un día toda la Academia iba a ver caer la máscara.

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