La última transmisión
Julián pulsó el interruptor de la cámara principal. El piloto rojo se encendió con un latido seco. Sobre la mesa técnica, entre cables arrancados y charcos de sangre ya oscura, el libro de contabilidad yacía abierto en la página 47. Elena se mantenía en pie contra la pared del fondo, el trapo empapado apretado contra el costado, cada respiración un silbido corto y húmedo. El contador central marcaba 00:03:41 y seguía descendiendo en silencio.
—Producciones Horizonte —dijo Julián a la lente, sin saludo ni pausa—. Esto no es un show. Es el recibo de una masacre.
Giró el libro hacia la cámara. La luz fría de los LED bañó las líneas manuscritas: nombres, fechas, cantidades en tinta que parecía sangre vieja.
—12 de octubre de 1984. Desaparecidos: Miguel Torres, 34 años. Lucía Mendoza, 27. Carla Ramírez, 19. —Cada nombre cayó como un martillazo—. Pagador: Ernesto Varela. Monto: equivalente a tres vidas. Motivo: protección vitalicia.
El astrolabio contra su pecho quemaba como carbón vivo. Un zumbido grave recorrió el cuarto técnico. Las pantallas secundarias parpadearon al unísono. El chat estalló:
@CicloCerrado1984: Sigue. @PagamosPorLaVerdad: Todos los conocemos. @HorizonteVIP: ¿Ya pagaste tu boleto para el final?
El suelo tembló levemente. El contador saltó: 00:03:22. No bajaba. Subía.
Julián siguió leyendo. Cada nombre hacía que el zumbido se volviera más grave, que el polvo cayera del techo en cortinas grises. Elena intentó hablar; solo consiguió un gemido ahogado. Él no se detuvo. Al terminar la página, el contador marcaba 00:04:58. Seguía subiendo.
Las pantallas principales cambiaron solas. El astrolabio proyectó imágenes granuladas: sótano de 1984, paredes húmedas, cables improvisados, cuerpos tendidos. En el centro, un niño de siete años con su misma cara miraba directo a la cámara.
Julián cerró el libro de golpe. El sonido cortó el aire. El contador se estabilizó en 00:02:12. Sobre fondo negro apareció una palabra blanca temblorosa: «Continúa».
Se volvió hacia Elena. El polvo ya les cubría los hombros como ceniza.
—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó con voz baja, abriendo el libro en la página de la firma de su padre junto a la designación—. Sabías que mi abuelo me marcó esa noche. Sabías que mi padre firmó para entregarme.
Elena respiraba con dificultad. La sangre le había teñido el cuello de la camisa.
—No eras voluntario —susurró—. Eras el último nombre en la lista. Pensé… que si mantenía el servidor espejo desconectado, el ciclo se rompería solo. Que alguien más pagaría antes.
Julián soltó una risa seca, sin humor. —¿Alguien más? ¿Como los que la audiencia ya recita de memoria?
El astrolabio quemaba en su mano izquierda. Lo apretó hasta que el dolor le aclaró la mente.
Elena intentó enderezarse, pero se dobló con un quejido. —La reliquia no se rompe con nombres —dijo—. Se rompe si el anfitrión designado rechaza el rol… públicamente. Delante de todos.
Julián miró la cámara. El piloto rojo seguía encendido. Millones observando. Millones que habían pagado por verlo morir.
Se puso de pie. Levantó el astrolabio con la palma ampollada y ennegrecida. —Mi padre compró mi vida en 1984 —dijo, voz ronca pero firme—. Hoy la devuelvo.
El contador saltó a 00:01:47. Bajando de nuevo. Rápido.
Arrastró a Elena hacia la consola principal. Los talones de ella dejaron surcos en el polvo. La apoyó contra el panel. Los dedos temblorosos de Elena encontraron el interruptor de bypass de emergencia y lo empujaron hacia arriba. Un zumbido grave recorrió el estudio. Las cámaras se reenfocaron. Contador: 00:00:57.
Julián se inclinó al micrófono. —Producciones Horizonte… mi padre, Ernesto Varela… me vendió. Firmó la entrega del astrolabio el 12 de octubre de 1984. No para protegerme. Para comprarse tiempo. Tiempo que ahora me toca pagar a mí.
El contador cayó a 00:00:42. El estudio crujió. Un foco estalló en chispas. La pared este —ya no pared, sino sótano de 1984— se abrió más. Olía a tierra húmeda y sangre vieja.
Elena levantó una mano temblorosa. —Di… el nombre completo… otra vez. Y mantén la señal abierta.
Contador: 00:00:31. —Ernesto Varela —pronunció Julián, lento, cada sílaba un martillo—. Vendiste a tu hijo. Yo no soy tu deuda.
El contador cayó a 00:00:03.
La reliquia vibró con furia. Una sombra se desprendió de los hombros de Julián, alargada, sonriente, y se extendió por el suelo hacia la cámara.
La pantalla principal se puso negra.
Solo quedó el contador congelado en 00:00:03.
Y una sola palabra en letras blancas temblorosas:
Continúa.