Espectáculo final
Julián apretó el astrolabio contra el esternón hasta que el bronce le mordió la piel. La grieta en la pared este ya medía más de un metro; el aire que salía olía a humedad de cloaca y a hierro oxidado, el mismo hedor que sube de las tumbas mal selladas. Elena seguía con la vista fija en el monitor secundario, los dedos quietos sobre el teclado.
—Dos horas menos tres minutos en cuarenta segundos —dijo sin alzar la voz—. El comentario de @CicloCerrado1 nos acaba de descontar otro minuto cuarenta y ocho.
En la pantalla principal el mensaje seguía clavado, ampliado, inmóvil:
@CicloCerrado1: Julián Varela, 12 de octubre de 1984. Lo vi gateando entre los cuerpos. Pregúntale a tu padre por qué no lloró esa noche.
Debajo, el contador rojo marcaba 01:58:12 y seguía bajando en saltos irregulares.
—Apaga todo —dijo Julián. La voz le salió como si le hubieran arrancado la garganta.
Elena soltó una risa corta, sin humor.
—Si apago, el ciclo se cierra en cero automático. La reliquia interpreta silencio como rendición. Ya viste el archivo del 87: doce segundos después de cortar transmisión, el conductor apareció colgado del cableado principal.
El bronce quemaba. Julián miró la grieta. Algo se movía al fondo, una silueta que no proyectaba sombra propia. El contador cayó a 01:55:03.
—Dame acceso parcial al servidor espejo. Ahora.
Elena dudó un latido. Tecleó una secuencia corta. La pantalla parpadeó. El contador se estabilizó momentáneamente en 01:42:17. Pero el astrolabio vibró con más fuerza, como si contuviera un corazón ajeno. Julián lo soltó un segundo; la palma quedó marcada con un círculo rojo perfecto, caliente.
De pronto todas las pantallas se encendieron al unísono. Letras blancas sobre fondo negro:
NARRA EL MOMENTO EXACTO EN QUE TU ABUELO ENTREGÓ EL NOMBRE. DI LA FECHA. DI EL LUGAR. DI QUIÉN RECIBIÓ EL DINERO. O EL CONTADOR SE REINICIA EN CERO.
02:17:41.
Elena habló casi sin mover los labios:
—No lo hagas completo. Si das el nombre de tu padre, la reliquia lo toma como pago final y salta de anfitrión. No va a esperar la hora.
Julián se colocó bajo el foco principal. La cámara lo tomó en primer plano. El contador rojo devoraba el fondo. El chat era un torrente:
@CicloCerrado1984: Dilo. Dilo o te lo sacamos nosotros. @DeudaVarela: El viejo Varela firmó en la parte de atrás del recibo. Nosotros tenemos la copia. @ProduccionesHorizonteVIP: Esto es contenido premium. Sigue hablando, Juliancito.
Tragó saliva. El aire sabía a cable quemado y a la humedad que subía desde la grieta.
—Mi abuelo… —empezó, la voz amplificada rebotando en las paredes—. El 12 de octubre de 1984, en el sótano de Producciones Horizonte, firmó una lista. Entregó nombres. Recibió dinero. Mucho dinero.
Cada palabra verdadera restaba tiempo. El contador saltó: 02:14:22 → 02:11:09 → 02:08:47. Mentir era peor: la grieta se ensanchó con un crujido seco y un trozo de plafón se desprendió del techo.
Julián siguió, sorteando lo esencial:
—Entregó la lista a un hombre de traje gris. No recuerdo el nombre.
El plafón cayó sobre Elena. Ella levantó un brazo por instinto. El impacto la lanzó contra la consola. Sangre brotó en la sien y manchó la manga izquierda. El contador se detuvo un segundo en 01:59:59, como si la reliquia paladeara el golpe.
Julián corrió hacia ella, la levantó por los sobacos. Elena respiraba entrecortada, los ojos vidriosos pero fijos en él.
—Tu cinismo ya no sirve —murmuró—. Lee tus intenciones, no tus palabras.
La arrastró hasta el puesto de edición secundario y la apoyó contra el rack. La sangre goteaba rítmica sobre el suelo: 01:03:47… 01:03:46…
—Quédate aquí.
Tecleó la secuencia que ella le había mostrado antes. La pantalla del servidor espejo se encendió con un chasquido. La misma transmisión en vivo, pero fechada 12-OCT-1984 22:17:41. Ángulo cenital idéntico, iluminación dura. En el centro, su abuelo, camisa arremangada, sostenía el astrolabio con ambas manos.
Miró directo a cámara y dijo con voz clara:
—Anfitrión designado: Julián Varela. Fecha de activación: cuando el ciclo lo reclame.
El suelo pareció inclinarse bajo los pies de Julián. El cable PH-1984 vibraba como si llevara corriente viva. Elena, desde el suelo, susurró:
—Ese cable no solo conecta el servidor. Es el conducto. Si lo cortas, mueres tú. Si no lo cortas, salta a otro.
El contador llegó a 00:59:59. Las luces LED se tiñeron de rojo sangre. Un pitido grave llenó el estudio: preparación de transferencia.
Julián arrastró a Elena hacia la sala de control. Cada paso hacía parpadear el contador: 00:59:22 → 00:59:19. La sentó contra otro rack.
—Si mueres tú, el ciclo salta a mí igual.
Las pantallas mostraban el set principal: el astrolabio sobre la mesa negra, el chat lleno de calaveras y donaciones. Julián tecleó en la consola secundaria. La interfaz se congeló. Luego apareció una ventana flotante:
Panel PPV – Evento en vivo: “Muerte en Directo – Ciclo 1984 Revisitado” Compradores activos: 4,872,119 Ingresos proyectados: $8.4M Clímax estimado: 00:49:59.
Julián sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
—Producciones Horizonte… lo vendieron como PPV hace tres días —dijo, girando la pantalla hacia Elena.
Ella entrecerró los ojos, sangre corriéndole por la mejilla.
—Antes de que empezara el stream. Sabían que llegaríamos aquí.
El contador marcaba 00:50:08 y seguía cayendo. Julián tecleó un reinicio parcial del sistema y expuso su cámara privada al público. El chat explotó. El servidor saturó por segundos. El contador se ralentizó apenas, como si la reliquia dudara ante la avalancha.
Abrió el cajón bajo la consola. Dentro, un libro de contabilidad viejo, tapas de cuero gastado. Lo abrió en la primera página manuscrita. La letra de su padre, inconfundible:
Entrega autorizada del objeto. Responsable final: yo. Para proteger a mi hijo.
El contador pitó una vez más. 00:49:02.