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Chapter 4: Luces de advertencia

Julián intenta desesperadamente detener el livestream mientras el estudio se sella físicamente. Elena revela que el contador se alimenta de verdades familiares sobre la masacre de 1984 y confiesa que ella misma instaló la reliquia como un cebo para atraer a un objetivo mayor, dejando a Julián como un peón desechable en su plan de venganza.

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Luces de advertencia

El estudio ya no era un set de grabación; era un pulmón mecánico que respiraba al ritmo de un contador escarlata: 02:59:42. Julián Varela golpeó el panel de control, pero el metal se sentía febril, palpitando bajo sus dedos como si la estructura misma estuviera inyectándose sangre. La luz LED, antes blanca y profesional, se había degradado a un rojo quirúrgico que teñía cada rincón de una urgencia sangrienta.

—¡Corta la señal, Elena! —bramó Julián, retrocediendo hacia la puerta. El mecanismo de seguridad, diseñado para aislar el sonido, se había fundido al marco. No era una falla técnica; era una exclusión física.

Elena, oculta en la penumbra de la cabina de audio, no levantó la vista. Sus manos se movían sobre los faders con una precisión casi religiosa. En sus monitores, el chat del livestream no era una conversación, sino una sentencia: una cascada incesante de nombres de desaparecidos de 1984, entrelazados con exigencias que quemaban la pantalla.

—No es un interruptor lo que necesitas, Julián. Es una moneda de cambio —respondió ella, con una calma que le resultó más aterradora que el caos. Su voz carecía de la empatía que él, en su desesperación, buscaba—. La reliquia no ha terminado de leerte. No puedes apagarla porque tú eres el contrato.

Julián se detuvo. Al girarse, una náusea gélida le subió por la garganta. La luz del set proyectaba su sombra contra la pared acústica, pero la silueta no imitaba sus movimientos. Mientras él jadeaba, apoyado contra la mesa de mezclas, su sombra permanecía estática, alargada, con una postura que no le pertenecía. Llevaba un sombrero de ala ancha, un accesorio que Julián jamás usaría, pero que reconocía de las fotos amarillentas del despacho de su padre.

El chat estalló en una nueva oleada de odio: “Julián, tu padre tenía la lista. ¿Dónde están los cuerpos del 84? Confiesa o el contador se acelera”.

—El sistema ya no reconoce mis permisos —dijo Elena, interrumpiendo su agonía—. Si intento forzar un apagón, el contador no se detendrá; simplemente nos dejará a oscuras con lo que sea que esa cosa ha convocado en la pared. La red de este estudio está conectada a los archivos que tu padre borró hace cuarenta años. La reliquia se alimenta de la verdad, Julián. Si no les das el nombre de quién firmó la orden, el contador llegará a cero y esa sombra dejará de ser una proyección.

El contador bajó a 02:30:00. Julián sintió que el suelo perdía solidez. La presión en su pecho no era solo miedo; era el peso de una herencia que había intentado enterrar bajo una carrera de cinismo digital. Elena se acercó, dejando los controles por un segundo. Su rostro, iluminado por el rojo pulsante, parecía el de una conspiradora que finalmente había logrado su objetivo.

—Tú crees que eres la víctima aquí —susurró ella, acercándose tanto que él pudo oler el ozono que emanaba del equipo sobrecalentado—. Pero no puse esta reliquia aquí para maldecirte a ti, Julián. La puse para atraer a alguien más. Alguien que vendrá cuando la verdad sea lo suficientemente fuerte como para romper las paredes de este estudio.

Julián se quedó helado. La traición fue un golpe más agudo que el miedo. Mientras el chat exigía la confesión, el contador parpadeó, esperando el sacrificio de su apellido para seguir adelante. La trampa no era el estudio; era él mismo.

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