Novel

Chapter 1: El contador en la pantalla

Julián Varela intenta revitalizar su carrera con un livestream sobre una reliquia falsa, pero al tocarla, un contador digital real se apodera de su estudio. La audiencia, en lugar de seguir el guion, comienza a escribir nombres de desaparecidos reales, mientras Elena advierte que el equipo técnico está siendo hackeado por una frecuencia física.

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El contador en la pantalla

Julián Varela ajustó el aro de luz con un golpe seco, ignorando el aviso de baja potencia que parpadeaba en la consola. Frente a él, sobre una mesa de metal pulido, descansaba el objeto: un astrolabio de bronce oxidado, pesado, con grabados que parecían cicatrices más que decoraciones. Era una pieza de utilería barata, o eso le había prometido el contacto en el mercado de la Lagunilla. Suficiente para engañar a los tres mil seguidores que aún le quedaban tras el escándalo de su última desmentida fallida.

—El audio está fuera de fase, Julián. Si sigues forzando el equipo con esa chatarra, el estudio va a colapsar —la voz de Elena llegó desde la penumbra de la cabina de control. No era una sugerencia; era una advertencia envuelta en el desprecio de alguien que conocía cada tornillo del sistema.

—Es televisión, Elena. O teatro digital, si prefieres —respondió Julián, forzando una sonrisa cínica frente a la cámara—. La gente no quiere la verdad, quiere el escalofrío. Y esta reliquia va a darles el mejor show de sus vidas.

Julián activó la transmisión. El contador de espectadores subió de golpe: 400, 1200, 2500. El chat, un río de comentarios rápidos, ya empezaba a pedir el ritual. Julián extendió la mano, sus dedos rozaron el bronce frío. En el instante en que su piel hizo contacto, el aire del estudio se volvió estático, cargado de un olor a ozono y metal quemado. Los monitores LED, antes brillantes con el logo de su canal, se tiñeron de un rojo visceral.

De repente, sobre la interfaz, números digitales —delgados como agujas, flotando sobre el feed— aparecieron: 12:00:00. No era un overlay de OBS; no había rastro de código fuente en sus monitores. La audiencia, acostumbrada a sus desmentidos cínicos, empezó a enviar mensajes frenéticos. El chat se convirtió en un muro de texto ininteligible, una cascada de emojis de calaveras y signos de interrogación que, por una vez, no eran parte de la estrategia de Julián.

—¡Qué buen efecto, equipo! —exclamó Julián, aunque su voz sonó demasiado aguda, casi un graznido—. Ese overlay es nuevo, ¿verdad? Muy inmersivo. Pero volvamos a la reliquia.

Intentó apartar la mano del objeto, pero sus dedos se sentían pegados a la superficie gélida. La estática en el estudio, un zumbido eléctrico que erizaba el vello de sus brazos, aumentó su intensidad. Los focos LED parpadearon violentamente antes de estabilizarse en un blanco clínico y molesto.

—Julián, corta la señal —la voz de Elena salió por el monitor de retorno, despojada de cualquier amabilidad profesional—. Ahora mismo. El sistema no está hackeado. Está respondiendo. La reliquia ha tomado el control del bus de datos.

El contador descendió: 11:59:59.

La luz azul del monitor principal se sentía como un bisturí sobre la piel de Julián. El tiempo, antes una abstracción de marketing, se había convertido en un verdugo. Los espectadores, en un fenómeno de masa, comenzaron a inundar el chat con nombres de personas desaparecidas hace décadas, nombres que Julián reconoció con un escalofrío: eran los mismos que aparecían en los archivos policiales de su propio barrio, casos que él mismo había intentado 'desmentir' años atrás para ganar fama.

—No es un error de código —repitió Elena, sin mirarlo. Sus manos, ágiles y manchadas de grasa técnica, bailaban sobre los faders, pero sus ojos estaban fijos en la pantalla de diagnóstico—. El estudio está respondiendo a la frecuencia del objeto. Si no encontramos el punto de salida, este lugar va a ser nuestra tumba digital.

Julián miró el contador. Marcaba 11:59:59. El chat, antes caótico, se sincronizó de repente. Miles de usuarios escribían, al unísono, el nombre de su propia hermana desaparecida. Julián sintió que el suelo bajo sus pies, construido sobre los restos de un viejo depósito, vibraba en sintonía con el metal del astrolabio. El precio de su carrera ya no era solo su reputación; era su propia historia, la que él había intentado enterrar bajo capas de cinismo.

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