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Chapter 5: La gala donde las máscaras se resbalan

En la gala benéfica del hotel Majestic, Isabela enfrenta un ataque público inesperado de su exnovio, que intenta desacreditarla frente a la élite social. Alejandro interviene con una declaración firme que la reclama como su única prometida, elevando su estatus y desarmando al agresor. Sin embargo, esta defensa le cuesta a Alejandro una alianza clave con los inversores Montiel, revelado en una llamada urgente que Isabela escucha. A pesar de las felicitaciones superficiales de la alta sociedad, Isabela siente la presión de mantener su nueva posición y comienza a cuestionar si la protección de Alejandro es solo una estrategia calculada. El vestido blanco, antes símbolo de humillación, se transforma en su armadura mientras la gala termina con un malentendido público que los ata más fuerte y deja abierta la duda emocional sobre su relación.

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La gala donde las máscaras se resbalan

El salón principal del hotel Majestic brillaba con una elegancia imponente, pero para Isabela Mendoza, cada destello de los candelabros acentuaba la tensión que se cernía sobre ella. El vestido blanco que llevaba, ahora transformado en su armadura, parecía absorber todas las miradas: unas cargadas de duda, otras de interés oculto. Había logrado, apenas, que su figura dejara de ser sombra para volverse presencia, cuando una voz cortante rompió el aire como un filo invisible.

—¿Así que esta es la famosa sustituta? —la voz era inconfundible, venenosa, y se abría paso entre los invitados con una sonrisa que no ocultaba años de rencor—. Siempre supe que no eras más que un parche barato para un compromiso que nunca fue tuyo.

Isabela mantuvo la espalda recta y la mandíbula firme. No necesitaba responder; sus ojos brillaban con una determinación que desafiaba cualquier ataque. El murmullo entre los presentes creció, y el aire se cargó de expectación y tensión.

Fue entonces cuando Alejandro apareció junto a ella, su expresión imperturbable ocultando tormentas internas. Su voz, clara y firme, resonó en el vasto salón como una orden que no admitía réplica:

—Isabela Mendoza no es ninguna suplente. Es mi prometida y la única que importa esta noche.

El eco de sus palabras desarmó al exnovio, que quedó expuesto ante la élite, mientras la atmósfera cambiaba radicalmente. Las miradas que antes juzgaban con condescendencia se tornaron en sorpresa y, para algunos, en respeto velado. Isabela recibió felicitaciones disfrazadas de interés genuino, especialmente de mujeres que antes la ignoraban.

La gala siguió su curso, pero Alejandro, lejos de relajarse, se apartó discretamente para atender una llamada urgente. Isabela lo observó con atención mientras él respondía, la tensión palpable en cada palabra que pronunciaba.

—Sí, lo sé —dijo Alejandro con voz firme pero cargada de una grieta invisible—. Presentaré a Isabela como la única prometida que importa. No habrá alianzas dobles ni medias verdades. Si eso implica perder la reunión con los Montiel, que así sea.

La gravedad de sus palabras golpeó a Isabela con fuerza. La defensa pública que Alejandro había hecho no era un acto vacío; tenía un precio real y tangible que él estaba dispuesto a pagar. La fachada de control que él proyectaba comenzaba a mostrar fisuras, y ella comprendió que su protección conllevaba un costo peligroso.

Mientras tanto, las felicitaciones envenenadas se multiplicaban. Mujeres de la alta sociedad, que antes la habían despreciado, ahora la abordaban con sonrisas calculadas y elogios cargados de doble filo.

—Tu porte anoche fue impecable —susurró una socialité, apenas tocando el brazo de Isabela mientras evaluaba con los ojos el vestido blanco que ahora parecía más armadura que tela—. No todos pueden transformar un vestido hecho para otra en símbolo propio.

Isabela devolvió la sonrisa con elegancia, consciente del filo detrás de cada palabra.

—No es un vestido cualquiera —respondió con voz firme—. Fue hecho para la señorita Montiel, pero esta noche es mi armadura.

Un silencio breve se apoderó del grupo, antes de que otra voz añadiera con un tono cargado de recelo:

—Interesante cómo los papeles pueden cambiar tan rápido… ¿Crees que esto durará? ¿O es solo un espejismo más en este juego de apariencias?

Isabela no permitió que la duda la dominara. Con una leve inclinación de cabeza reafirmó su posición, mostrando que estaba lista para enfrentar ese juego con todas sus reglas.

La culminación de la gala llegó cuando Alejandro, frente a la multitud, reafirmó a Isabela como su única prometida. Su voz, fría y calculada, dejó claro que no habría lugar para dudas ni sustitutas.

—Mi futura esposa no se retira de esta gala —dijo, apoyando su mano firme en la cintura de Isabela—. Si alguien necesita una corrección sobre quién importa en mi vida, será esta noche.

Los flashes de las cámaras se enfocaron en ella, y las mujeres que una hora antes la habían medido como intrusa ahora la observaban con una mezcla de respeto y aceptación. Sin embargo, Isabela notó la ausencia de una sonrisa fácil en Alejandro; su gesto era puro poder, un acto público que elevaba su estatus pero que también ocultaba un sacrificio.

En un rincón del salón, Alejandro recibió otra llamada, y esta vez Isabela pudo escuchar fragmentos que la estremecieron: la alianza con los Montiel estaba rota, y la oportunidad de negocios perdida. La protección que Alejandro le brindaba, aunque necesaria, tenía un costo que ambos tendrían que enfrentar.

Mientras la gala llegaba a su fin, Isabela se quedó mirando su reflejo en el espejo del salón. El vestido blanco, que antes simbolizaba humillación, ahora era su armadura. Pero la duda florecía en su interior: ¿esa protección que Alejandro le ofrecía era solo una estrategia fría, o había algo más bajo esa fachada impenetrable?

La noche había cambiado sus reglas, y con ellas, su destino.

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