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Chapter 2: La primera prueba de fuego

Elena asiste a la gala benéfica de los Valdemar como la nueva prometida de Mateo. Bajo la presión de la prensa y la mirada crítica de la alta sociedad, Mateo defiende su posición con una frialdad que revela su naturaleza depredadora. Durante el baile, ambos negocian su alianza, revelando que comparten un trauma vinculado al pasado y al misterioso ledger que Elena busca desesperadamente.

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La primera prueba de fuego

La cinta métrica de Carla se tensó contra mis costillas, un hilo frío que no medía centímetros, sino mi capacidad de resistencia. En la suite presidencial del hotel Miramar, el aire olía a rosas blancas y a la desinfectada indiferencia de los hoteles de lujo.

—Es una suerte que el señor Valdemar haya decidido hacer este ajuste de último minuto —murmuró Carla, sus dedos ágiles recorriendo la seda del vestido. Sus ojos, a través del espejo, buscaban una grieta en mi expresión—. La señorita Valeria, la anterior prometida, tenía una cintura más... delicada.

Dejé que el insulto flotara, inútil. Valeria no era una prometida; era una pieza que Mateo había descartado cuando dejó de ser rentable. Mi taller familiar, al borde de la demolición en menos de cuarenta y ocho horas, era la única razón por la que yo estaba allí, permitiendo que una extraña me vistiera para una farsa.

—El señor Valdemar tiene gustos particulares —respondí, manteniendo mi voz plana—. Solo quiero que el ajuste sea impecable para la gala de esta noche.

Carla soltó una risita seca mientras ajustaba el corpiño.

—El señor Valdemar insistió específicamente en que el diseño dejara al descubierto la zona del omóplato. Dijo que quería que el mundo viera que no eres una mujer sin historia.

Apreté los dientes, sintiendo el peso de la seda blanca como una mortaja. Mateo no buscaba una esposa; buscaba un trofeo que llevara las marcas de su victoria sobre los demás.

El salón principal del hotel Miramar se sentía como una sentencia de muerte envuelta en perfume caro. Apenas crucé el umbral del brazo de Mateo, el murmullo de la élite se detuvo, reemplazado por el chasquido metálico de las cámaras. A mi lado, Mateo Valdemar no caminaba; avanzaba como si fuera el dueño del aire que todos respirábamos. Su mano, firme y gélida, se cerró sobre mi cintura con una presión que no admitía réplicas.

—Recuerda, Elena —susurró, tan cerca de mi oído que el aliento me recorrió la nuca como una advertencia—. No eres una invitada. Eres la garantía de mi nueva estabilidad. Actúa en consecuencia.

Un periodista de espectáculos rompió la formación con un paso al frente. Su sonrisa era un cuchillo desafilado.

—Señor Valdemar, ¿es Elena una elección estratégica o simplemente la versión económica después de la salida de Valeria?

Mateo no se detuvo, pero su agarre en mi cintura se volvió una garra. Se giró hacia el hombre con una lentitud depredadora.

—Elena es la única mujer en esta sala que no necesita un apellido para ser relevante —respondió Mateo con una frialdad quirúrgica que dejó al periodista sin aire—. Si vuelve a confundir el valor de mi prometida con el precio de una portada, se asegurará de no volver a cubrir un evento en esta ciudad.

El silencio que siguió fue absoluto. Mateo me arrastró hacia el centro de la pista mientras la orquesta comenzaba un vals que se sintió como una sentencia.

—Menos rigidez, Elena —murmuró contra mi oído—. La prensa no busca una estatua, busca una historia de amor. Actúa como si fueras feliz, o al menos, como si supieras cuánto te cuesta este privilegio.

—Si quieres una actriz, vas a tener que pagarme con algo más que promesas de no demoler mi casa —repliqué, manteniendo la mirada fija en el nudo de su corbata—. Necesito saber por qué me elegiste a mí. Hay cientos de mujeres con menos pasado y menos deudas.

Mateo dio un giro cerrado, obligándome a seguir sus pasos. Sus ojos, oscuros y analíticos, escanearon el salón antes de volver a clavarse en los míos.

—No te elegí por tu pasado, Elena. Te elegí porque eres la única que sabe dónde está la verdad. Y porque, al igual que yo, esa cicatriz en tu espalda no es solo un accidente; es un recordatorio de la noche en que todo lo que creíamos seguro se quemó.

Tropecé un segundo. Él me sostuvo con fuerza innecesaria, sus dedos hundiéndose en mi piel.

—No te caigas todavía —murmuró—. La noche es larga y el ledger no se va a encontrar solo.

Al terminar el baile, un fotógrafo insistente intentó capturar un momento de intimidad forzada, bloqueando el camino hacia la terraza. Mateo, en un movimiento fluido y deliberado, me atrajo hacia él y me besó en la sien, un gesto calculado que encendió los flashes.

Mientras la luz de las cámaras explotaba a nuestro alrededor, susurré contra su oído:

—Buen espectáculo, Mateo. Pero la próxima vez que me toques así, quiero la llave del taller.

La prensa nos rodeaba, esperando un error. Cuando él me tomó de la cintura, no fue por afecto, sino para reclamar su trofeo. El juego acababa de empezar.

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