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Chapter 1: El precio de la seda blanca

Elena es humillada públicamente por su prometido, Julián, quien rompe el compromiso para evitar asociarse con el taller familiar en bancarrota. Mateo Valdemar, el Enforcer, interviene ofreciendo un contrato de sustitución que salva el taller a cambio de una alianza matrimonial forzada. Elena acepta, reconociendo la oportunidad de infiltrarse en el círculo de Mateo para recuperar el ledger que prueba la verdad sobre la muerte de su padre.

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El precio de la seda blanca

El flash de las cámaras no fue lo que me cegó; fue el silencio absoluto que cayó sobre el Salón de Baile del Hotel Imperial cuando Julián soltó mi mano. Frente a quinientos invitados de la élite, la orquesta se detuvo, dejando el aire cargado de un perfume caro y una humillación que se sentía como un golpe físico.

—No puedo hacerlo, Elena —dijo Julián. Su voz no era un susurro privado, sino una sentencia proyectada para que cada periodista en la sala escuchara—. Este compromiso fue un error de cálculo. No voy a atar mi patrimonio a un taller de costura en bancarrota.

El murmullo estalló, una marea de cuchicheos que me envolvió como una mortaja. A mi lado, el maniquí de seda blanca que habíamos diseñado para la boda parecía una burla. El contrato que mi padre había firmado con los Valdemar no era solo un acuerdo matrimonial; era la garantía de que el taller, nuestro único legado, no sería demolido. Al romper el compromiso frente a la prensa, Julián no solo me deshonraba; estaba ejecutando la orden de embargo en tiempo real.

Me obligué a mantener la espalda recta. No iba a llorar frente a ellos. Ajusté mis guantes, sintiendo el peso de la vieja máquina de coser de mi abuela en mi mente, un ancla que me impedía desplomarme. Julián se dio la vuelta, abandonándome en el centro del estrado, pero antes de que pudiera bajar las escaleras, una sombra se interpuso en su camino. Era Mateo, el Enforcer de la familia. Su presencia era un muro de frialdad que detuvo el paso de Julián.

—El espectáculo termina aquí, Julián —dijo Mateo, su voz grave cortando el aire—. Pero el contrato sigue vigente. Solo cambia la cara que lleva el anillo.

El aire en el reservado del hotel se sentía viciado, saturado con el aroma de flores marchitas. Me apoyé contra la pared de terciopelo, sintiendo cómo el temblor en mis manos traicionaba la máscara de indiferencia que había mantenido. A pocos metros, el sonido de los cristales rotos y el murmullo de los invitados —mis antiguos amigos, ahora buitres— servía como banda sonora a mi ruina.

Mateo Valdemar se acercó a mí. No me miraba como a una mujer; me observaba como a un activo financiero en proceso de depreciación. Se ajustó los gemelos con una parsimonia que me encendió la sangre.

—Tu reputación se ha evaporado en diez minutos, Elena —dijo, despojado de cualquier rastro de compasión—. Si viniste a disfrutar del espectáculo, ya terminó. Tu ex se marchó con la heredera de los Rossi y tú te quedaste con el ridículo.

—No me llames por mi nombre, Valdemar —respondí, enderezando la espalda. Mi dignidad era lo único que me quedaba—. Si viniste a disfrutar del desastre, ya tienes tu titular.

Él dejó escapar una risa seca y arrojó un sobre grueso sobre la mesa de caoba. Dentro, la orden de desalojo del taller familiar estaba marcada en rojo, con una fecha de ejecución que dejaba menos de cuarenta y ocho horas.

—El taller no es solo un negocio, Elena. Es una caja fuerte —susurró, inclinándose hacia mi oído. Su cercanía era una amenaza eléctrica—. Sé lo que buscas. El ledger que tu familia ha ocultado bajo los cimientos durante una década. Si firmas el contrato conmigo, el taller se salva. Si no, mañana a primera hora, las excavadoras entrarán en tu propiedad.

Comprendí entonces el alcance de la trampa. No era solo un matrimonio por conveniencia; era una rendición incondicional. Pero si firmaba, tendría acceso a su círculo. Podría recuperar el ledger, el registro que probaba que la muerte de mi padre no fue el accidente que ellos proclamaron.

Caminamos de vuelta al vestíbulo. El mármol parecía absorber el calor. Los flashes estallaban como relámpagos artificiales. Julián, que ahora se marchaba, nos lanzó una mirada de desdén antes de desaparecer. Mateo me ofreció la pluma.

—El tiempo es un recurso que ya no te pertenece —murmuró—. Firma. El taller depende de este trazo de tinta.

Mis dedos temblaron, no por miedo, sino por la rabia contenida. Sabía lo que implicaba: una cadena perpetua disfrazada de alianza. Me incliné sobre la mesa. La prensa guardó un silencio expectante. Mateo me tomó de la cintura, no por afecto, sino para reclamar su trofeo ante las cámaras. Él me miró, no con lástima, sino con una fría oferta de poder. Firmar significaba sobrevivir, pero también entregar mi libertad a mi peor enemigo. La prensa nos rodeaba, esperando un error. El juego acababa de empezar.

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