El juego de la seducción
El despacho de Gael olía a cuero viejo y a la electricidad estática de una tormenta contenida. Sobre la mesa de nogal, la carpeta que Sebastián Rivas había dejado atrás no era solo un legajo de documentos; era una sentencia de muerte para la reputación de los Laredo. Valeria observó los anexos cifrados, los nombres de los accionistas disidentes y el rastro de dinero que conectaba a una rama de la familia de Gael con el sabotaje de la fusión.
—Rivas no dejó esto por error —dijo Valeria, su voz firme, despojada de la vacilación que la había definido al llegar a esta casa—. Quería que lo encontraras. Quería que supieras que él tiene el control de la narrativa.
Gael, apoyado contra el ventanal, observaba las luces de la ciudad con una calma que rozaba lo inhumano. Se giró, y la luz de la luna recortó la dureza de sus facciones.
—Rivas juega con el miedo, Valeria. Cree que si me muestra el mapa de mi propia caída, yo negociaré. Pero no entiende que, en este tablero, las piezas que él cree tener a su favor ya han sido movidas.
Valeria señaló una línea específica en el contrato de fusión. —Lucía no desapareció por un arrebato de rebeldía. Ella estaba en contacto contigo. Lo sabías desde el principio, antes de que me obligaras a ocupar su lugar.
El silencio se volvió denso, una barrera física entre ambos. Gael se acercó, invadiendo su espacio con una deliberación que aceleró el pulso de Valeria. No había rastro de la frialdad corporativa que solía usar como escudo.
—La verdad sobre Lucía es un arma cargada —respondió él, bajando el tono hasta convertirlo en una confesión íntima—. Si te hubiera contado lo que sabía, te habrías convertido en el objetivo principal de quienes la persiguen. Te protegí con mi silencio, aunque eso significara que me odiaras por ello.
—No quiero tu protección a cambio de mi ignorancia —replicó ella, aunque el contacto visual era una trampa. La cercanía de Gael, el aroma a sándalo y la intensidad de su mirada, la obligaban a reconocer que su alianza ya no era puramente contractual.
Dos horas después, en el comedor privado, la cena era un escenario de guerra fría. Valeria apagó el teléfono; las llamadas de Isabel eran ruido blanco frente a la realidad que Gael acababa de fragmentar.
—Si vas a seguir ignorando a tu familia, al menos sé útil —dijo Valeria, rompiendo el silencio—. ¿Qué le diste a Lucía a cambio de su silencio? ¿Por qué ella confió en ti y no en su propia sangre?
Gael dejó los cubiertos. La disciplina en su postura era un escudo agrietado.
—La última vez que confié en alguien, la información terminó en manos de los que hoy financian a Rivas. No es desconfianza, Valeria. Es supervivencia. Y tú eres la única variable que no pude prever.
Valeria se inclinó hacia adelante, apoyando la mano sobre la mesa, rozando la suya. El contacto fue una descarga que alteró la dinámica de poder. No era seducción; era una negociación donde ambos empezaban a perder sus armas.
—Entonces confía en alguien que no tiene nada que perder —susurró ella.
El beso fue una colisión de voluntades, un movimiento en falso que cruzó la línea de lo estratégico y se hundió en lo inevitable. Fue un sabor a vino y a una verdad que ninguno quería admitir: su alianza ya no era un contrato, sino una red de la que no podían escapar.
El teléfono vibró sobre la mesa, rompiendo el hechizo con una insistencia violenta. Valeria se separó, jadeando, mientras la pantalla iluminaba la habitación con una noticia que los condenaba: una foto de ambos, tomada desde la oscuridad, circulaba ya por las redes con un titular que los marcaba como pareja. Gael tomó el dispositivo, leyó el texto con una calma quirúrgica y, por primera vez, Valeria vio que él no estaba sorprendido. Estaba listo.
—Van a publicar esto —dijo Gael, su voz recuperando el filo de acero—. Si no salgo a corregir la versión ahora mismo, la prensa destruirá lo poco que queda de tu reputación.
—¿Y qué vas a decir? —preguntó ella, sintiendo cómo el peso de la trampa se cerraba a su alrededor.
—La verdad que ellos pueden digerir —respondió él, caminando hacia la salida—. Que eres mía. Y que cualquier ataque contra ti es un ataque directo contra la casa Laredo.
Valeria se quedó sola, escuchando los pasos de Gael alejarse hacia la prensa que esperaba afuera. Sabía que al cruzar esa puerta, él sellaría un pacto público que no podría desmentirse sin destruirlos a ambos. Y lo peor no era el escándalo; era la certeza de que, en el fondo, ella ya no quería que lo desmintiera.