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Chapter 4: Bajo la mirada del público

Valeria es forzada a asistir a la gala como la prometida de Gael, pero logra negociar su imagen pública al rechazar las joyas de la novia fugitiva. Durante la cena, Gael la protege de las provocaciones de Sebastián Rivas, aunque Valeria comprende que esa protección es una forma de control. Tras la gala, Valeria entra al despacho de Gael y descubre pruebas documentales de que su tía Isabel fue cómplice en la trampa que la dejó como sustituta, dándole una nueva palanca de poder.

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Bajo la mirada del público

La estilista de la casa levantó el estuche de terciopelo con una reverencia que no ocultaba su nerviosismo. —Es el collar de la señorita Aramendi —anunció, sin atreverse a sostener la mirada de Valeria—. La señora Isabel insistió en que es la pieza adecuada para la cena principal.

Valeria observó el estuche abierto sobre el tocador. Las perlas, grandes y solemnes, brillaban bajo la luz blanca del camerino como una sentencia. Eran el símbolo de la novia que todos esperaban, la prueba de que, para el mundo, ella no era más que un reemplazo temporal, una pieza de inventario que debía lucir el uniforme de la ausente.

—Póntelo —ordenó Isabel desde el umbral, con esa calma afilada que utilizaba para dictar sentencias—. No estamos para improvisaciones. La prensa ya está en el salón.

Valeria mantuvo la espalda recta, negándose a tocar la joya. Había aprendido en apenas cuarenta y ocho horas que en la mansión Laredo la humillación siempre llegaba envuelta en cortesía. Si se resistía, sería la caprichosa; si cedía, la dócil. Ninguna etiqueta le servía para recuperar su dignidad.

—No me queda —respondió Valeria con una voz que no tembló—. Y no voy a usar el collar de alguien que no soy yo.

La puerta se abrió sin previo aviso. Gael Laredo entró con la serenidad de quien no necesita alzar la voz para que el aire de la habitación se vuelva denso. Su traje era impecable, pero sus ojos, fríos y analíticos, se detuvieron en el estuche de perlas antes de posarse en Valeria. El gesto de su boca fue apenas un rictus de desdén hacia la estilista.

—Eso no —dijo Gael.

Isabel se tensó, pero no se atrevió a contradecirlo. —Es la pieza que combinaba con el programa de la gala, Gael.

—Entonces el programa está desactualizado —respondió él, acercándose a Valeria. No la tocó, pero su presencia, cargada de un perfume amaderado y autoridad, invadió su espacio personal—. Trae el de zafiros. El de la colección privada.

La estilista vaciló, mirando a Isabel. Gael no repitió la orden; simplemente esperó, y esa espera fue más pesada que cualquier grito. Cuando la mujer salió apresurada, Gael se volvió hacia Valeria.

—No te estoy salvando de una joya —dijo él, apenas moviendo los labios para que solo ella escuchara—. Estoy evitando que te exhiban como un error de inventario. Si vas a ser la cara de este contrato, no serás una sombra.

—¿Y qué gano yo siendo tu armadura de zafiros? —preguntó ella, desafiante.

—Legitimidad. Y el derecho a que nadie te cuestione mientras estemos frente a las cámaras.

Cuando el collar de zafiros fue colocado sobre su piel, el camerino pareció reajustarse. La joya era sobria, cara y, sobre todo, exclusiva. No era un préstamo de Lucía; era una elección de Gael. Valeria se miró al espejo: la mujer que devolvía la mirada no era una sustituta, sino alguien que, aunque atada, portaba el peso de su propia posición.

Al entrar al salón, el murmullo de la gala se detuvo un instante. Gael le ofreció el brazo, un gesto que ante los flashes parecía devoción, pero que Valeria sentía como una marca de propiedad. Sin embargo, al cruzar el umbral, Gael inclinó la cabeza hacia un camarero y, con un movimiento mínimo, detuvo la fila de invitados que se acercaba para cotillear. Fue suficiente para cerrar bocas, pero también para recordarle a Valeria que él decidía el ritmo de su respiración.

Durante la cena, Sebastián Rivas se acercó con una sonrisa calculada. —Qué admirable, Valeria. Hay mujeres que nacen para entrar en una sala y otras que aprenden a hacerlo cuando el apellido correcto ya no está disponible.

Valeria sostuvo su mirada, sintiendo el peso de las dos cartas de Lucía escondidas en su bolso. —También hay hombres que confunden la insolencia con el ingenio, Sebastián. Debe ser una costumbre corporativa.

Sebastián rió, pero Gael dejó la servilleta sobre el plato. El sonido fue seco, definitivo. —Sebastián, hoy viniste como invitado. Compórtate como tal.

La mesa entera se quedó en silencio. La protección de Gael no era un gesto de afecto, sino una demostración de poder que le costaba a Valeria su autonomía. Al terminar la cena, Gael la condujo al despacho. Allí, entre carpetas de la fusión, Valeria encontró lo que buscaba: documentos que probaban que su propia tía, Isabel, había negociado la sustitución antes de que ella siquiera supiera que Lucía había huido.

Valeria guardó las pruebas en su bolso. La trampa era real, pero ahora tenía las llaves para desarmarla. Al salir del despacho, se encontró con la mirada de Gael, quien sabía que algo había cambiado. La alianza ya no era solo un contrato; era una guerra fría donde ambos empezaban a medir cuánto estaban dispuestos a perder.

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