El peso de la corona
El aire en el ático de Julián Varela siempre se sentía estéril, una atmósfera filtrada y medida que contrastaba salvajemente con el caos que acababa de ocurrir en el garaje. La adrenalina de la emboscada aún le vibraba en las sienes a Elena, un recordatorio punzante de que los Villavicencio habían cruzado la línea de la política corporativa hacia la guerra abierta. Julián, sentado frente a ella en la mesa de mármol que ahora servía como improvisado campo de mando, se presionaba un pañuelo contra un corte superficial en el costado. La sangre manchaba la tela
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