La máscara de la prometida
El aire dentro de la limusina blindada era un vacío aséptico, un contraste brutal con el ruido de la gala que Elena Valdés acababa de abandonar. Mientras la Ciudad de México se desdibujaba en luces de neón tras el cristal templado, ella se alisó la seda del vestido prestado. Era una armadura que le quedaba grande, un recordatorio de que, en ese mundo, la identidad era una mercancía sujeta a disponibilidad.
Julián Varela no la miraba. Sus dedos, largos y precisos, se movían sobre la tableta con una cadencia mecánica, analizando gráficos bursátiles que temblaban al ritmo de su propia inestabilidad financiera.
—No soy una actriz de reparto, Julián —dijo Elena, rompiendo el silencio. Su voz, aunque contenida,
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