El precio de la invisibilidad
El salón de baile de los Valdés no era un lugar de celebración, sino un mausoleo de cristal diseñado para enterrar su nombre bajo capas de orquídeas y champán. Elena observaba desde la penumbra de una columna, ajustándose los guantes de seda que ocultaban el temblor de sus dedos. A pocos metros, su primo, Rodrigo, reía mientras levantaba una copa en honor a la «familia completa».
—Es una lástima que la pequeña Elena no esté aquí para ver esto —dijo Rodrigo, su voz cortando el aire como un bisturí—. Aunque, siendo realistas, una mancha así no merece sitio en la mesa de los Valdés.
La sangre le ardió en las sienes. Era la heredera desterrada, la hija que el testa
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