El último baile
El despacho de Julián Varela, en el piso cincuenta de la Torre Varela, se sentía inusualmente pequeño. Afuera, la Ciudad de México era un océano de luces indiferentes; dentro, el aire estaba tan cargado de electricidad estática que cada respiración resultaba un esfuerzo consciente. Sobre el escritorio de caoba, los restos del contrato matrimonial descansaban como una sentencia cumplida: tiras de papel triturado que ya no tenían poder sobre el destino de Elena.
Julián permanecía junto al ventanal, con las manos ocultas en los bolsillos de su traje. Su postura era la de un hombre que, tras años de controlar cada variable, acababa de ceder su última ventaja. Elena lo observaba, sintiend
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