El costo de la libertad
La terraza aún vibraba con el eco de la puerta que don Ricardo había cerrado de golpe al marcharse con el notario. El aire nocturno de Ciudad de México traía olor a jazmín mojado y al humo lejano de alguna fogata en las colonias bajas. Elena seguía junto a la balaustrada, los nudillos blancos contra el hierro. Julián no se había movido de su sitio, tres pasos atrás, con el sobre de la cláusula de salida todavía en la mano.
—No lo incluí para humillarte —dijo él, voz contenida—. Lo redacté el mismo día que firmamos. Antes de la gala. Antes de entender cuánto me iba a costar mantenerte aquí.
Elena giró solo la cabeza. La luna dividía su rostro en luz y sombra.
—¿Cuánto? —preguntó sin sarcasmo, solo con esa curiosidad que ya no disimulaba.
Julián abrió el sobre con un movimiento preciso. Extrajo la hoja y la sostuvo entre ambos como evidencia.
—Todo el blindaje que constru
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