La sentencia del salón de baile
El murmullo en el salón de baile del Hotel St. Regis se quebró a las nueve y diecisiete minutos. No fue un sonido, sino una ausencia: el aire se volvió denso, cargado de una estática que precedía al desastre. Las luces principales se atenuaron, y la pantalla gigante sobre el escenario cobró vida con una claridad hiriente.
Elena Valdés sintió el cambio antes de verlo. Los rostros a su alrededor giraron al unísono, un movimiento de depredadores que habían detectado sangre. Ella permaneció inmóvil, con la copa de champán a medio camino de sus labios, porque el horror tiene una forma muy específica de reconocerse.
En la pa
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