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Chapter 11: La subasta final

Elian sobrecarga el núcleo de la Academia, provocando el colapso de la Escalera Central y la interrupción de la red de succión continental. Mientras la estructura se desmorona, Elian libera a los estudiantes del Sector Gris, condenando a la élite a su propia purga. Elian y Valeria sobreviven al derrumbe, solo para descubrir que la Academia era apenas un nodo menor en una red de dominación mucho más vasta.

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La subasta final

El aire en la Sala de Control central no se respiraba; se masticaba, cargado de un ozono metálico que dejaba un sabor a sangre en la lengua de Elian. Frente a él, la consola de mando vibraba con una frecuencia que le hacía castañear los dientes. El cristal de vacío, incrustado en el corazón del panel, brillaba con una luz púrpura, casi negra, drenando la estabilidad de la Academia a un ritmo que hacía que sus propios meridianos crujieran bajo la presión de la sobrecarga.

—¡Aguanta, Elian! —la voz de Valeria cortó el zumbido eléctrico. Estaba de espaldas a él, con la espada desenvainada, bloqueando la entrada principal. Un grupo de inspectores de alto rango intentaba forzar el sello, sus golpes resonando como truenos contra las puertas de acero reforzado—. Si la barrera cae antes de que el ciclo se reinicie, nos desintegrarán en el acto.

Elian no respondió. No podía. Cada vez que intentaba canalizar un fragmento más de energía hacia el núcleo inestable, una quemadura fría le recorría el antebrazo. La marca de la integración palpitaba, un recordatorio constante de que su cuerpo ya no era solo suyo, sino un conducto para la ruina de la élite. El sistema, ese nodo masivo de succión continental, estaba respondiendo con violencia. Las paredes de la sala comenzaron a gemir bajo el estrés, y las luces de los indicadores de rango parpadearon en un rojo agónico.

El sonido no fue un tañido, sino un aullido metálico que desgarró el aire de la Escalera Central. Elian sintió el eco en sus propios meridianos; la quemadura en su canal de energía palpitó con un dolor gélido mientras el suelo bajo sus pies comenzaba a fracturarse. A su lado, Valeria se aferró a la barandilla, con los nudillos blancos y el rostro pálido.

—El sistema no se está reiniciando, Elian —dijo ella, su voz apenas un susurro sobre el estruendo de la estructura que cedía—. Se está desmoronando. Nos está enterrando con él.

Elian no respondió. Sus manos, manchadas con el hollín del núcleo, aún sentían la vibración de la sobrecarga que había inyectado. La Academia no era una escuela, era una bomba de succión continental, y él acababa de cortarle el flujo de alimentación. La campana de auditoría, aquel sonido que durante años había marcado el valor de su vida en monedas de energía, ahora sonaba como el toque de difuntos de la élite.

De entre las sombras de un conducto de ventilación emergió el Maestro Kaelen, su túnica chamuscada.

—La purga ya no es una auditoría, es una sentencia de borrado total —sentenció Kaelen, con una mirada que destilaba un cinismo amargo—. El sistema ha detectado la intrusión y está purgando todo lo que considera una anomalía. Es decir, a todos nosotros.

Elian observó las pantallas de cristal líquido: los nodos de succión, antes estables, destellaban en un rojo violento, escupiendo energía hacia el vacío del continente. Debajo de ellos, la Escalera Central —el símbolo de estatus que había oprimido a miles— comenzó a fracturarse. Los peldaños de obsidiana estallaron en mil pedazos, sellando los niveles superiores y atrapando a la élite en su propia trampa de lujo. Elian sintió el costo: cada fragmento de la Escalera que caía drenaba más de su propia vitalidad, pero el tablero de juego se estaba limpiando.

—No vamos a morir aquí —dijo Elian, inyectando el último rastro del cristal de vacío en el núcleo. Con un esfuerzo agónico, activó el protocolo de emergencia que Kaelen le había revelado. La señal de liberación se disparó, no hacia los jueces, sino hacia cada estudiante del Sector Gris que, hasta ese momento, había sido combustible para la élite.

El estruendo del colapso fue una vibración que desintegró los cimientos de la Academia. Elian se arrastró por la plataforma exterior mientras la estructura se desplomaba sobre sí misma. A su lado, Valeria jadeaba, su uniforme de élite hecho jirones. Ambos estaban en el borde, donde el aire se volvía metálico y gélido.

—Lo logramos —susurró Valeria, sus ojos fijos en el vacío—. Pero no nos queda nada.

Elian se apoyó contra la barandilla, sintiendo cómo la quemadura en su brazo palpitaba al ritmo de los restos de la torre que caían hacia el abismo. La victoria se sentía como una herida abierta. Miró hacia el horizonte, donde, entre las nubes que se disipaban, otras torres de succión brillaban en la distancia, tan distantes y frías como las estrellas. Entendió entonces que la Academia era solo el primer peldaño. La verdadera escalera, una infinita y cruel, apenas comenzaba a revelarse ante sus ojos.

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