El costo de la verdad
El aire en el almacén 14 sabía a salitre y combustible viejo, una mezcla que se adhería a la piel como una sentencia. Mateo apretó el cuaderno de cuero contra sus costillas; el peso del objeto, apenas unas páginas cosidas, se sentía ahora como una losa de plomo que dictaba su destierro. A pocos metros, su hermano —el hombre que la comunidad conocía solo como El Cobrador— le daba la espalda, observando los contenedores apilados en el muelle bajo la luz mortecina de las farolas.
—Sabes que esto no es solo papel, Mateo —dijo el hombre sin girarse. Su voz era una réplica e
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