La frontera interior
El aire en la oficina de Doña Elena aún sabía a papel quemado, un regusto amargo que se le adhería a la garganta a Adrián como una sentencia. Sobre la mesa, el teléfono de Mateo —un dispositivo barato con la pantalla astillada— vibraba con una persistencia que cortaba el silencio de la madrugada. Adrián escuchó el mensaje por tercera vez. La voz de Mateo, distorsionada por el estruendo de la zona financiera, no dejaba lugar a dudas: Javier, su mentor, el hombre que le había entregado las llaves de su carrera corporativa, era el arquitecto del desfalco.
—Es él, Doña Elena —dijo Adrián, dejando caer el telé
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