El precio de la lealtad
El olor a plástico quemado cortó el aire estancado del archivo apenas los inspectores municipales cerraron la puerta principal. Adrián no esperó a que el humo se volviera denso; el crepitar detrás de los estantes de metal era un rugido hambriento.
—¡Doña Elena, salga de ahí! —gritó, su voz rompiéndose en una tos seca.
La anciana dudó, aferrada a su bastón, pero Adrián la empujó hacia el pasillo con una urgencia que no le conocía. El fuego saltaba de los archivadores como una lengua viva, lamiendo los expedientes que ocultaban la deuda de Mateo. Adrián se quitó su americana de seda italiana, usándola como escudo
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