Las cenizas del engaño
El aire en la barricada principal sabía a caucho quemado y a la electricidad estática de una tragedia inminente. Matías apretó el libro de contabilidad contra su pecho; el cuero desgastado, impregnado del olor a tabaco y té de su tía Elena, se sentía como un peso muerto contra sus costillas. A diez metros, el Enforcer mantenía a Xiao inmovilizado. El brazo de acero del hombre le hundía la tráquea, una presión calculada para silenciar cualquier grito. Frente a ellos, la policía formaba un muro de escudos y uniformes, el brazo ejecutor de una orden judicial que no busc
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