La trampa de la memoria
El sótano de la inmobiliaria no olía a humedad, sino a cera de muebles y a una limpieza obsesiva que ocultaba algo podrido. Matías se presionó contra la pared de ladrillo, con el aliento contenido. A pocos metros, el eco de los pasos del Enforcer sobre el suelo de madera resonaba como un metrónomo marcando el fin de su tiempo. La escritura de propiedad, un pliego de papel grueso y amarillento, le quemaba las manos; era el único escudo contra una demolición que no buscaba espacio, sino el borrado sistemático de una historia que Alarcón quería enterrar bajo toneladas de concreto.
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