Lealtades que se quiebran
El aire en la plaza de Chinatown no era solo humedad; era una mezcla espesa de incienso rancio y el olor metálico de la demolición inminente. Matías caminó hacia el puesto del Sr. Lee, ignorando el peso muerto del libro de contabilidad contra su costilla. A su paso, las persianas de metal bajaban con estrépito, un sordo recordatorio de que la comunidad prefería la ceguera a la verdad. El Sr. Lee estaba acomodando sus verduras con manos temblorosas, evitando el contacto visual.
—Sé que les das los nombres, Lee —dijo Matías, su voz apenas un susurro que cortaba el bullicio lejano del tráfico—. Sé que Alarcón te paga con la promesa de qu
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