La grieta en el contrato
El despacho de Julián Varela conservaba el aroma a sándalo y a decisiones irreversibles, una fragancia que, para Elena, se había convertido en el perfume de su propia asfixia. Dejó caer el sobre de manila sobre la mesa de caoba con un golpe seco; el sonido, metálico y definitivo, cortó el aire gélido del penthouse como un disparo.
Dentro, los documentos no eran simples cifras. Eran la arquitectura de su ruina, trazada con la precisión quirúrgica de Beatriz Varela.
—Tu madre no solo orquestó la quiebra —dijo Elena, manteniendo la espalda recta,
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