Duelo de lealtades
El holograma irrumpió en el hangar sin aviso, cortando el silencio como un cuchillo. La voz del anunciador de la Academia resonó con esa frialdad institucional que Julián ya conocía demasiado bien:
—Piloto Julián Varela, serie-C, designado Chatarra. Se le convoca de manera inmediata a duelo de honor en la Arena Central contra el piloto Mateo Ruiz, serie-B-12. Inicio en noventa minutos. El perdedor será sancionado con embargo total de activo y expulsión definitiva. No se aceptan renuncias ni aplazamientos.
El emblema de la Academia —un engranaje atravesado por una espada— se congeló en el aire. Debajo, en letras rojas más pequeñas: 158 horas restantes para el ascenso obligatorio de tres rangos. Incumplimiento = liquidación total.
Julián sintió el pulso acelerarse en las sienes. Mateo. El mismo que durante tres años había compartido con él el turno de noche en el hangar de desguace, que le había pasado medio litro de café quemado cuando el frío mordía los dedos, que una vez le había cubierto la espalda cuando un inspector encontró una pieza no declarada. Y ahora esto.
Se acercó al Chatarra. El armazón seguía oliendo a soldadura fresca y ozono después de la última fusión orgánica. El núcleo azul palpitaba bajo el blindaje torcido del pecho, más vivo que nunca desde que la incompatibilidad había caído al doce por ciento. Pero el blindaje seguía siendo chatarra: placas remachadas a mano, soldaduras gruesas, marcas de quemaduras que ningún pulidor podía borrar. La multitud ya lo abuchearía antes de que siquiera encendiera los propulsores.
El brazalete en su muñeca vibró: DEUDA VENCIDA EN 6 DÍAS – 03:47:12. Julián apretó los dientes. Si no se presentaba, lo expulsarían de inmediato y el Chatarra sería confiscado como activo peligroso. Si iba y perdía… lo mismo. Si ganaba destruyendo a Mateo, perdería al último hombre que alguna vez lo había tratado como igual en este infierno de rangos.
Aceptó la citación con un toque seco. No había opción.
El Chatarra fue izado a la plataforma de transporte mientras la multitud ya empezaba a abuchear su óxido visible desde las gradas lejanas. Julián sintió el núcleo azul latir más rápido contra su esternón, como si reconociera la trampa que se cerraba.
Las botas resonaban en el corredor de acceso como martillazos en chatarra hueca. Quedaban 156 horas. Mateo esperaba junto a la compuerta 7, casco bajo el brazo, el cabello empapado de sudor frío. Su armazón Serie-B-12 brillaba pulcro bajo las luces blancas mientras el Chatarra, al otro lado de la reja, parecía un cadáver al que le hubieran dado respiración artificial.
Ninguno habló hasta que estuvieron a tres pasos.
—Te compraron la deuda de tu hermana —dijo Julián sin preámbulo, voz baja.
Mateo cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, estaban vidriosos.
—Aris me mostró el contrato firmado por mi madre hace dos años. Si pierdo hoy, borran la deuda. Si gano… —tragó saliva— me suben a rango 42 y mi hermana sale del hospital militar. No hay término medio, Juli.
Julián sintió el nudo en la garganta como alambre de púas. Mateo había sido el primero en prestarle una celda de enfriamiento cuando el Chatarra se sobrecalentaba en el rango 89. Ahora venía a destrozarlo por orden.
—Entonces pelea de verdad —murmuró Julián—. No me hagas matarte por piedad.
Mateo soltó una risa rota.
—No te estoy pidiendo piedad. Te estoy pidiendo que sobrevivas. Porque si no lo haces tú… mi hermana tampoco.
Las compuertas se abrieron. El rugido de la arena los tragó.
El cronómetro marcaba 157 horas y 42 minutos. Mateo lo tenía contra la barrera perimetral. El Lancer-9 descargaba ráfagas de plasma concentrado que hacían crepitar la pared energética a centímetros del blindaje chamuscado de Julián. El olor a ozono y cobre quemado llenaba la cabina.
—No lo hagas más difícil, Chatarra —la voz de Mateo llegó por el canal abierto, rota—. Sabes que no tengo opción.
Julián apretó los dientes. El HUD parpadeaba en rojo: INTEGRIDAD Estructural 41 %, Núcleo sobrecarga 89 %. Y en una ventana secundaria que nadie más veía: Flujo inverso detectado en unidad enemiga – sobrecarga inducida 137 %.
Aris no se había contentado con comprar la deuda. Le había metido un regulador fantasma en el núcleo del Lancer. Si Mateo ganaba rápido, el armazón se desintegraría con él dentro.
Otro impacto. El Chatarra se deslizó medio metro hacia atrás, botas magnéticas chirriando. Julián corrigió con un impulso lateral brutal que le arrancó un gemido al actuador izquierdo.
—Mateo… tu núcleo está sangrando energía. Mira los números. Te va a explotar en la cara si sigues forzando.
Silencio en el canal. Luego, apenas audible:
—Lo sé.
Mateo dudó. El siguiente golpe fue más lento, más torpe. Julián aprovechó la fracción de segundo. En lugar de contraatacar con todo, giró el torso del Chatarra y dejó que el núcleo azul absorbiera parte de la sobrecarga enemiga. Un pulso azul eléctrico recorrió el brazo del Lancer-9; el regulador fantasma chisporroteó y la lectura de sobrecarga cayó al 98 %.
El brazo izquierdo del Chatarra crujió bajo la presión, pero la incompatibilidad bajó otro punto: 11 %. Julián sintió el cambio en los huesos: el núcleo ya no luchaba contra él; empezaba a entenderlo.
Mateo retrocedió un paso, tambaleante.
El público silbó furioso ante la “piedad”.
Aris, desde el palco elevado, declaró victoria técnica para Julián. No hubo celebración. Solo abucheos y el zumbido de las cámaras que transmitían cada segundo a la red.
La sala de aislamiento olía a desinfectante industrial y metal recalentado. Julián se mantenía de pie junto a la pared, el traje abierto hasta la cintura, sudor frío pegado a la piel. Sobre la camilla flotante, Mateo respiraba entrecortado. El muñón donde antes había estado el brazo izquierdo del Lancer estaba cubierto por vendajes luminosos que latían en azul pálido.
—Gracias —dijo Mateo con voz quebrada—. Si hubieras apretado el disparador final… mi hermana ya no estaría viva.
Julián apartó la mirada. El contador marcaba implacable: 149 horas restantes.
—No me agradezcas todavía —respondió en voz baja—. Aris no va a dejar que esto quede así. Me van a sancionar por no rematarte. Y a ti… te llevan a “reparaciones obligatorias”. Sabes lo que eso significa.
Mateo cerró los ojos. Una lágrima rodó por su sien.
—Doce años, Julián. Mi hermana tiene doce años.
La puerta se abrió con un siseo. Valeria Kross entró sola. El uniforme impecable contrastaba con sus ojos enrojecidos. Los guardias de Aris se quedaron en el umbral, rifles en posición baja pero listos.
—Tengo treinta segundos antes de que entren —dijo ella sin preámbulos—. Aris va a sancionarte por conducta antideportiva. Pérdida de 200 créditos bloqueados y descenso automático de dos posiciones en la Escalera. Pero tengo un pase temporal que retrasa la confiscación del Chatarra por 72 horas más.
Extendió una placa delgada. Julián la tomó sin tocarla todavía.
—¿Por qué?
—Porque si te quitan el armazón ahora, nunca sabremos qué es realmente el núcleo azul. Y porque… —bajó la voz— vi el mensaje de Elias. Sé lo que hicieron con tu mentor. Y no quiero ser parte del próximo descarte.
Julián sintió el peso de la placa en la palma.
—Si apelo la sanción y gano la revisión, exponemos la técnica prohibida en público. Todo el mundo va a ver que no destruí a Mateo porque pude absorber su sobrecarga. Y entonces Aris no tendrá más remedio que acelerar el Ciclo de Hierro… o ejecutarme directamente.
Valeria lo miró fijo.
—Exacto. Elige, Julián. Ganas limpio y pierdes tiempo. O reclamas la victoria completa y la técnica se vuelve pública antes de que estés listo. Pero si no haces nada, los 149 horas se convierten en cero y tu deuda se paga con tu vida.
Julián miró el contador. El núcleo azul vibró contra su pecho, cálido, insistente.
Tocó la placa.
—Iré a la apelación.
Valeria asintió una sola vez y salió. Los guardias cerraron la puerta tras ella.
Julián se quedó solo con el eco de los abucheos lejanos y la certeza de que, esta vez, no había forma de seguir escondiendo lo que el Chatarra era capaz de hacer.