Secretos en el código
Julián sintió el pulso en las sienes como golpes contra chapa delgada. Quedaban 164 horas para ascender tres rangos o perderlo todo. Cuatro menos desde que salió del Ciclo de Hierro con el Chatarra humeando y la etiqueta Activo Peligroso clavada en rojo permanente en cada interfaz de la Academia. El pase temporal que Valeria le había deslizado en el guante —sin mirarlo a los ojos— le quemaba el bolsillo. Cuatro minutos de ventana antes de que el sistema lo marcara intruso nivel 2. Nivel 3 era Aris en persona bajando a los túneles.
Bajó por la escalera de mantenimiento 7-B. Olor a aceite quemado y rata muerta. Luces de emergencia parpadeaban como ojos enfermos. Cables trenzados como venas negras en las paredes. Botas envueltas en trapos para amortiguar el ruido, pero cada paso igual resonaba. Llegó a la compuerta blindada del Bloque C-9. El lector biométrico estaba desactivado —otro favor silencioso de Valeria que no había pedido explicar—. Insertó el cartucho. Luz ámbar a verde. Chasquido seco. La compuerta se abrió apenas lo suficiente para pasar de lado, el metal rozándole las costillas aún magulladas.
Dentro, el aire era más frío, cargado de ozono. Filas de servidores negros zumbaban como insectos dormidos. Julián se pegó a las sombras hasta el panel de aislamiento temporal. Conectó su interfaz portátil al puerto maestro. La proyección retinal cobró vida: directorio legacy. El sistema lo reconoció como usuario temporal. Ventana de cuatro minutos veintitrés segundos. Empezó la cuenta regresiva.
Buscó el nombre en clave. Profesor Elias Varela – Eliminado por protocolo Omega. Ver su apellido en letras institucionales le cortó el aire. Seleccionó el archivo de vídeo más reciente. La imagen se estabilizó con un glitch leve. Ahí estaba Elias, más joven, sentado en el mismo taller donde Julián había aprendido a odiar el olor a soldadura y las promesas rotas.
—Julián, si estás viendo esto… ya no estoy. —La voz ronca, gastada—. No fue un accidente. Me eliminaron porque descubrí la verdad detrás de la Escalera.
Julián se acercó más a la proyección, como si pudiera tocar ese rostro.
—Cada caída, cada lectura de estrés biológico, cada colapso nervioso de un piloto ‘descartable’… todo se envía a un proyecto que llaman Ascenso Final. No entrenan pilotos para la gloria. Recolectan datos para fabricar un piloto perfecto. Uno solo. El resto somos combustible.
La interfaz de Julián parpadeó: Incompatibilidad biológica: 13 %. El Chatarra, conectado a través del enlace portátil, reaccionó al archivo. Un pulso cálido le recorrió el brazo, como si el núcleo azul reconociera la voz del hombre que lo había diseñado.
Elias siguió:
—El núcleo que escondí en ese armazón serie-C… no era basura. Era el prototipo original. El que no pudieron controlar. Lo enterré en desguace para que alguien como tú lo encontrara. Alguien que no se doblegara. Pero escucha bien, muchacho: después del torneo final descartarán a todos los de bajo rango. Incluido tú. Aris es el ejecutor. Él cierra el ciclo.
El vídeo terminó. Silencio. Solo el zumbido de los servidores y el latido de Julián en los oídos. Copió el fragmento clave al disco. Quedaban dos minutos treinta y ocho segundos.
Entonces oyó botas. Precisas. Furiosas.
Valeria Kross apareció en el pasillo de acceso restringido, pistola de pulso desenfundada, cañón directo al esternón de Julián. Uniforme impecable. Nudillos blancos.
—Entrégalo, Chatarra —dijo baja, casi rota—. El sistema registró extracción no autorizada. Diez segundos antes de alarma general.
Julián no retrocedió. Levantó la barbilla para que viera la sangre seca en la comisura de su boca, resto del Ciclo que aún no había limpiado.
—No vine a robar por diversión, Kross. Vine porque alguien ya me robó todo lo demás.
Valeria avanzó un paso. El arma no tembló.
—Última oportunidad. El disco. Ahora.
Julián sacó el dispositivo lentamente, lo sostuvo entre ellos. Con el pulgar activó la proyección parcial. El rostro de Elias apareció, congelado en el fotograma donde nombraba a Aris.
—Él cierra el ciclo —repitió la voz grabada.
Valeria se quedó quieta. Los ojos se le humedecieron un instante, pero no bajó el arma de inmediato. Respiró hondo.
—¿Cuánto sabes? —preguntó.
—Lo suficiente para entender por qué mi mentor está muerto. Y por qué Aris quiere mi Chatarra antes de que termine el torneo.
Ella dudó. El cañón descendió cinco centímetros.
—Si te entrego ahora, te confiscan todo. Si te dejo ir… me conviertes en cómplice.
Julián sostuvo su mirada.
—No te estoy pidiendo que me salves. Solo que decidas de qué lado estás cuando el sistema empiece a comerse a los suyos.
Valeria apretó los labios. Bajó el arma del todo.
—Vete. Pero si esto sale mal, no te conozco. Y si Aris pregunta… diré que te vi huyendo.
Julián asintió una vez. Pasó junto a ella hacia la salida de emergencia. El disco ardía contra su pecho.
Horas después, en el taller con la puerta cerrada y el Chatarra en silencio a su lado, reprodujo el archivo completo. Elias hablaba directo a cámara, voz quebrada.
—Fui el primero, Julián. La primera víctima del sistema de control. Diseñé el núcleo para liberar, no para esclavizar. Ellos lo convirtieron en cadena. Tú eres la única falla que no pudieron prever. Usa eso. Rompe la escalera antes de que te rompa a ti.
La pantalla se apagó. Incompatibilidad: 12 %.
Julián cerró los ojos. El peso del mentor muerto se le instaló en el pecho como chatarra nueva. No era solo deuda. No era solo rango. Era sangre. Y ahora sabía exactamente contra qué peleaba.
Pero también sabía que Valeria había dudado. Y esa duda tenía un precio. Pronto tendría que elegir: ganar el próximo duelo público o salvar a la única aliada que le quedaba en este infierno.
El reloj marcaba 158 horas.