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Chapter 9: El techo de cristal

Kael rescata a su hermana en el Sector Prohibido mientras el protocolo de purga de la Academia intenta eliminarlo. Tras decodificar los datos del núcleo, descubre que la Academia es solo una sucursal de una red mayor. Kael logra escapar a los suburbios, llevándose los códigos necesarios para desmantelar el sistema.

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El techo de cristal

El aire en el Sector Prohibido sabía a ozono y a la amargura del metal fundido. Kael sentía el latido del Chatarra resonando en sus propios huesos; la sincronización armónica, forzada hasta el límite, no era una herramienta, sino una garra de energía pura que le drenaba la médula con cada microsegundo de conexión. Frente a él, el Ejecutor yacía entre los restos de su máquina, con el rostro ensangrentado y los ojos clavados en el núcleo violeta que palpitaba, incrustado como un tumor de poder en el pecho del Chatarra.

—No saldrás de aquí —gruñó el Ejecutor, escupiendo un hilo de sangre—. La purga no distingue entre chatarra y piloto. Has firmado tu sentencia de muerte.

Kael no respondió. No podía permitirse el lujo de la retórica. El cronómetro de la Academia, proyectado en la pared de hormigón reforzado, marcaba cinco horas y doce minutos para la prueba pública. El tiempo se había vuelto un enemigo más, tan letal como los drones de seguridad que descendían desde los niveles superiores. El protocolo de bloqueo total no solo había sellado las compuertas; estaba reduciendo el sector a cenizas para recuperar el núcleo. El Chatarra chirrió; sus servomotores, sobrecargados por la energía inestable, emitían chispas que iluminaban la oscuridad industrial. Kael sintió una punzada en la base del cráneo: el sistema de seguridad ya había registrado su firma energética única.

Se abrió paso entre los escombros, buscando el refugio donde había dejado a su hermana. La encontró tras un mamparo de carga deformado, con el costado teñido de carmesí. La seguridad de la Academia no había tenido piedad; el ataque había sido un mensaje claro: la debilidad no se perdona, se elimina.

—No debiste venir —susurró ella, apretando los dientes mientras Kael intentaba contener la hemorragia con un trozo de aislante térmico—. Saben que tienes el núcleo. El bloqueo no es para atrapar a un estudiante, Kael. Es para borrar el rastro de lo que hay aquí dentro.

Ella le entregó un dispositivo de datos, pequeño y frío. —No es solo un sector prohibido. Es una sucursal. La Escalera es el cebo.

Kael conectó el dispositivo a su terminal. Mientras los datos se volcaban, la verdad le golpeó con la fuerza de un impacto cinético: la Academia no era la cima, sino un filtro extractivo para una organización que se extendía bajo la ciudad como una red parasitaria. Su lucha por el rango no era un ascenso; era un proceso de selección para mano de obra desechable. Cada crédito invertido en su mecha, cada deuda acumulada, era parte de un balance contable que él nunca vería.

Un estruendo sacudió la cámara de ventilación. El Ejecutor, aunque inhabilitado, había activado las torretas defensivas desde su consola de mando manual. Kael se encaramó a la cabina del Chatarra, sintiendo la vibración del núcleo recorrer su columna vertebral. Sus manos, temblorosas pero precisas, se movieron sobre los controles. Utilizó la firma energética del núcleo —su mayor riesgo— para hackear el protocolo de las torretas. Con un pulso forzado, redirigió el fuego defensivo hacia los drones de purga que bajaban en picada. El Ejecutor gritó cuando los escombros de las torretas destruidas cayeron sobre él, sepultándolo bajo el peso de su propia arrogancia.

Kael forzó el conducto principal de ventilación. Al emerger en los suburbios, fuera de los muros de la Academia, el cielo estaba teñido de un gris opresivo. La Academia se alzaba detrás de ellos como un monolito, pero ahora Kael veía las grietas en su fachada. Con la Academia bloqueada tras ellos y la verdad revelada, Kael comprendió que la verdadera lucha no estaba en el rango de la Escalera, sino en la red que se extendía mucho más allá de esos muros. La purga solo era el comienzo; ahora, él tenía los códigos para desmantelarla desde dentro.

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