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Chapter 10: El tablero se expande

Julián asiste a una reunión de alto nivel en el Hotel Imperial, donde los verdaderos dueños del poder le proponen convertir 'El Laurel' en sede de una subasta internacional de arte ilícito. Julián negocia su posición, obteniendo pruebas sobre el fraude de la licitación, mientras Elena revela que ha estado orquestando el escenario desde las sombras para asegurar su propia supervivencia.

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El tablero se expande

Julián cruzó el umbral del Hotel Imperial a las 19:58. El aire acondicionado, gélido y cargado de un aroma a sándalo y dinero viejo, le devolvió la compostura que el calor de la cocina de El Laurel solía arrebatarle. Llevaba el mismo traje oscuro de la noche anterior, pero el corte ya no le quedaba grande; ahora, cada costura parecía diseñada para un hombre que no pedía permiso, sino que dictaba términos.

En el lobby, el ecosistema del poder se movía con una coreografía silenciosa. Reconoció al constructor que asfaltaba la ciudad con contratos amañados y a la ex-presidenta de la cámara de comercio, cuya influencia se medía en favores no pagados. Ninguno lo miró. Para ellos, Julián seguía siendo el yerno invisible, el error en el árbol genealógico de los Salazar. No sabían que, en su bolsillo interior, el acta notarial del fideicomiso del abuelo Ernesto pesaba más que todas sus cuentas bancarias juntas.

—Suite 1704 —dijo Julián al guardia del ascensor privado. Su voz no tembló.

El hombre, un mastodonte con auricular, revisó una tablet. Un parpadeo de sorpresa cruzó su rostro al ver el nombre. Presionó el botón sin una palabra.

La suite 1704 era un altar al exceso. Al entrar, el olor a habano y cuero le confirmó que el poder real no se escondía en los restaurantes, sino en las habitaciones donde se decidía quién comía y quién moría de hambre. Don Víctor Salazar, el patriarca de la sombra, presidía la mesa de caoba. A su lado, una mujer de gris, con la frialdad de un bisturí, y un hombre asiático que observaba la ciudad como si fuera un tablero de ajedrez.

—Llega usted puntual, señor Albacea —dijo Víctor, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos de depredador—. Tome asiento.

Julián se sentó. Sin esperar invitación, abrió la carpeta de cuero negro sobre la mesa. Inventario preliminar: diecisiete lotes. Un Klimt, un Basquiat, un Tamayo. Piezas que no existían para el fisco, pero que valían fortunas en el mercado negro.

—El Laurel ya no es solo un restaurante —dijo Víctor, inclinándose hacia adelante—. Es el escenario perfecto para una subasta internacional. Necesitamos un martillero con conocimiento real. Alguien que sepa leer la trazabilidad de lo imposible.

—¿Por qué yo? —preguntó Julián, manteniendo el contacto visual.

—Porque usted desmanteló a Roberto. Porque encontró el archivo de valoración que todos creían perdido. Usted controla el fideicomiso. Usted es el único que puede blindar la sede legalmente.

La mujer de gris deslizó una segunda carpeta. Fotos satelitales, planos de los sótanos, rutas de escape. Querían convertir la cocina ancestral de su abuelo en una sala segura para el tráfico de arte.

—Queremos que sea el martillero oficial —continuó Víctor—. A cambio, su nombre vuelve al circuito. No como el yerno que limpiaba platos, sino como el experto que siempre fue. Setenta y dos horas de uso exclusivo. Después, usted sigue siendo el dueño visible. Nosotros, los dueños reales.

Julián cerró la carpeta con un golpe seco.

—Hay una inconsistencia en la tasación del Klimt —dijo, señalando una fecha—. Ese informe es de Interpol. Si ese cuadro sale a subasta, el rastreo los alcanza en noventa días. No soy el único que sabe leer fechas.

El hombre asiático dejó su vaso sobre la mesa. Un clic metálico en el silencio absoluto. Víctor soltó una carcajada seca.

—Sabíamos que lo notaría. Por eso está aquí. Si acepta, le entregamos el original del archivo de valoración que falta. El que demuestra que el sello falso de la licitación fue puesto por alguien de dentro, pero no por Roberto.

—¿Y si digo que no? —Julián se puso en pie.

—Entonces resolveremos el problema de El Laurel de otra forma. Menos elegante.

Julián salió de la suite con la carpeta bajo el brazo. En el ascensor, marcó el número de Elena.

—¿Ya saliste? —preguntó ella al primer tono.

—Tengo el original —respondió él—. Sabían que lo pediría. Elena, ¿tú les dijiste que vendría?

—Les dije que si querían usar El Laurel, tendrían que hablar contigo. Que no había nadie más con firma válida. Te dejé moverte, Julián. Te dejé sacar a mi padre.

—¿Desde cuándo hablas con ellos?

—Desde que entendí que la única forma de salvar algo era cambiar de bando. Ahora ellos saben que tienes el martillo. Y yo sé que tú decides si El Laurel se convierte en su escenario… o en su tumba.

Julián colgó. El coche lo esperaba en el estacionamiento. Ya no era un peón. El tablero se había expandido, y él tenía la mano ganadora.

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