Chapter 4
El cronómetro de purga sobre mi muñeca marcó 03:17:09 con un parpadeo escarlata. El Mercado de Talentos de la secta, un enjambre de mercaderes y parásitos, se detuvo un segundo cuando pisé la plataforma de clasificación. No buscaba una limosna; buscaba el acceso al segundo piso, y la Tasadora, una mujer cuya frialdad solo era comparable a la precisión de sus máquinas, ya tenía los dedos sobre el aro de ingreso.
—Desechable —sentenció ella, sin siquiera mirarme a los ojos. El aro de cobre tembló, emitiendo un zumbido agudo que hizo que los mercaderes cercanos retrocedieran. La etiqueta roja apareció en el aire: APTO SOLO PARA CARGA.
Mis dedos, ocultos bajo la manga, se tensaron sobre el libro de cuentas de mi tía. Era mi única ventaja. Activé la Vista de Falla. El mundo se fracturó en líneas de energía azulada, y allí, en la base del aro de clasificación, vi la fisura: una pequeña inestabilidad en el flujo de maná que la Tasadora ignoraba. Con un movimiento rápido, inyecté un pulso de mi propia firma de energía, distorsionando la lectura del escáner en el milisegundo exacto en que la máquina validaba mi estatus. La luz roja parpadeó, se tornó ámbar, y el sistema, confundido por la irregularidad que yo mismo había provocado, emitió un pitido de validación forzada. La Tasadora frunció el ceño, su calma se resquebrajó por una fracción de segundo.
—Error de sistema —murmuró, revisando los registros—. Pasa, pero tu marca sigue activa. El segundo piso no es un patio de recreo para los que no tienen linaje.
Al cruzar la compuerta, el aire cambió. El segundo piso no era el corredor común que todos esperaban. La Torre había mutado. Un muro de piedra húmeda se había alzado frente a nosotros, bloqueando el paso habitual, y sobre él, runas negras goteaban una ley de piso recién escrita: PROHIBIDO EL CORREDOR COMÚN. REDIRECCIÓN POR LEY DE PISO. Los guardias, armados con lanzas de aleación, empujaban a los desechables hacia una cámara de purga.
—La Torre está reciclando el camino —la voz del Mentor Oculto resonó en mi mente, no como un susurro, sino como una cicatriz—. No es una escalera, Kael. Es una trituradora. Tu sistema no es un error; es la llave maestra para las costuras que ellos no pueden ver.
La Tasadora apareció al final del pasillo, flanqueada por sus guardias. Sus ojos, afilados como cuchillas, me buscaron entre la multitud. Sabía que yo era la anomalía. La ley de piso se estaba cerrando, y el cronómetro de purga, ahora en un blanco sucio, me daba apenas minutos antes de que el sector fuera sellado.
Usé la Vista de Falla una vez más. El corredor se desvaneció, revelando una costura de energía que se extendía hacia una pared aparentemente sólida. Sin dudar, me lancé hacia ella. La Tasadora gritó una orden, pero el peso de la cámara de purga se desplazó, gracias a mi sabotaje, y la pared se selló justo ante sus narices, dejándola fuera del nuevo orden del piso.
Del otro lado, en la penumbra del tramo oculto, el Mentor Oculto se manifestó como una sombra viva. Me reveló la verdad: la Torre fue construida sobre los restos de aquellos que intentaron ser libres. Mi libro de cuentas no era solo un registro; era un mapa de las fallas estructurales de esta prisión. Mientras la purga de piso rugía a mis espaldas, marcándome como el objetivo principal, sentí el peso de la realidad. El mercado ya no me veía como un desechable, sino como una amenaza comercial. Una voz, fría y cargada de una verdad antigua, me susurró: «El precio de tu vida acaba de subir, Kael. Ya no eres un peón, eres el fallo en su sistema perfecto».
Mi primera victoria pública había atraído la mirada de los élites. El mercado de talentos ya estaba apostando en mi contra, y el siguiente nivel, mucho más letal, acababa de abrirse ante mí.