The Visible Gain
El reloj de purga ya no contaba horas; marcaba el ritmo de mi ejecución. Al cruzar el umbral del Mercado de Talentos, sentí el peso del nivel que acababa de arrancar a la Torre, una ganancia que vibraba en mis huesos como una fiebre eléctrica. Mi muñeca izquierda, donde la marca de 'Excluido' latía con un rojo mortecino, ardía bajo la venda mal ajustada. La Secta olía la diferencia. Los otros desechables se apartaron a mi paso, no por respeto, sino por un cálculo instintivo: un hombre que regresa de la Torre con los ojos brillantes no es una víctima, es una anomalía.
La Tasadora me esperaba junto al arco de escaneo, una estructura de bronce frío que medía la valía de cada alma en el sector. Su túnica gris parecía diseñada para absorber la luz, y su mirada era una guillotina afilada.
—Otra vez tú —dijo, su voz cortando el aire estancado del mercado—. El sistema registra una irregularidad en tu firma. Muéstrame la marca.
El miedo me habría paralizado hace una hora. Ahora, activé la 'Vista de Falla'. El mundo se fragmentó en una red de hilos de energía. Vi la debilidad en el brazalete de escaneo de la Tasadora: una fisura microscópica en el flujo de maná que alimentaba el sensor. Con un esfuerzo que me costó una estocada de dolor en el pecho, proyecté mi energía hacia esa grieta. El escáner emitió un pitido sordo y se apagó, dejando a la Tasadora con un dispositivo inútil y una expresión de confusión absoluta. Me retiré antes de que pudiera recalibrarlo, sintiendo cómo el costo físico de mi habilidad me drenaba la vitalidad.
En la seguridad precaria de mi taller, rodeado de herramientas que mi tía nunca pudo terminar de usar, abrí el libro de cuentas familiar. Con la 'Vista de Falla' activa, el papel no mostraba números. Mostraba una cartografía de la Torre. Las deudas eran coordenadas. Las marcas de entrega eran puntos de colapso estructural.
—Eso no es una quiebra —murmuró una voz seca, el eco del Mentor Oculto, vibrando en mi nuca—. Es un mapa de fallas. Tu familia no fue purgada por deudas, Kael. Fueron purgados porque encontraron la grieta que sostiene el sistema.
El cronómetro de purga, reiniciado, brillaba en mi visión: 04:12. El tiempo se aceleraba. La Secta ya no buscaba un excluido; buscaba al que había roto su escáner. Salí al pasillo exterior y vi la realidad: el acceso al segundo piso de la Torre estaba sellado con una barrera de nivel, impenetrable para cualquier descastado. Los otros desechables sollozaban contra el muro. Yo no. Mi sistema, alimentado por la información del libro, iluminó una fisura en el sello que nadie más veía.
Me lancé contra la barrera, hundiendo los dedos en la lógica fragmentada del sistema. El dolor fue una descarga eléctrica que carbonizó mi piel, pero el sello se rasgó con un gemido metálico. Cruzé al otro lado, dejando atrás el mercado y la purga inminente.
Dentro del segundo piso, la atmósfera era densa, cargada de ozono. Encontré un fragmento de memoria, un eco de la creación de la Torre que confirmaba mis sospechas: la Secta no protegía a la humanidad, la encadenaba a una máquina que devoraba talento. Al consolidar este nuevo nivel, mi firma de energía cambió, pero el costo fue una fatiga que me dobló las rodillas.
Desde las sombras, vi a la Tasadora llegar al mercado. Ella escaneaba la zona donde yo había desaparecido, con la frustración arrugando su rostro perfecto. Me observó con desdén, sin saber que mi rango acababa de saltar un nivel frente a sus ojos, justo al otro lado del velo que ella creía absoluto. ¿Cuánto durará mi secreto antes de que el cronómetro vuelva a marcar mi fin?